Sábado, Diciembre 08, 2007

Kate se olvidó




Un día Kate decidió olvidar el amor, y no le costó mucho. Tiró todos los recuerdos, las cartas y cualquier prenda de ropa que le recordara algún momento feliz a su lado. Hizó un gran montón y lo metió en una bolsa negra, de esas de basura con asas.

Ese día se dió una ducha, como si el agua pudiera hacer desaparecer las huellas del dolor, del amor amargo y de la desilusión, y se mantuvo debajo del agua por más de media hora, después se cobijó en su albornoz y enrolló una toalla a su pelo.

Preparó tostadas con miel y un café largo. Como era sábado no tenía prisa, y además ningún plan. Miró por la ventana y la niebla madrileña la invitó a salir, desde pequeña la niebla había causado cierta fascinación irracional en ella. Su casa daba al Retiro, lo que la permitía darse unos pequeños paseos de cuando en cuando.

Esa mañana, la niebla invitaba a pasear, y el haber elegido olvidarse del amor la liberaba en cierta manera, la hacía sentirse más liviana, más eterea.

Paseó por la ribera del lago, dónde normalmente  posan sus puestos los quiromantes y adivinadores, pero esa mañana la niebla y la escasez de gente había hecho que no más de dos hubieran puesto las sillas y mesas plegables.

Kate siempre había desconfiado de los adivinadores, no podía entender como un hombre con cara de despistado pudiera ser capaz de saber más de su propio futuro que ella misma. Ella prefería pensar que ella misma elegía su propio futuro basado en las decisiones que ella habia tomado.

Pero esa mañana, la misma mañana que habia decidido olvidar el amor, la misma mañana que la niebla la había invitado a pasear, esa misma mañana, uno de los dos adivinadores la llamó por su nombre, Kate.

Kate lo miró, asustada pero no mucho, cuando la sorpresa inicial se fue desvaneciendo se acercó al hombre y lo miró de cerca. Aquel hombre de una edad indefinida y una elegancia innata a pesar de su ropa barata, la sonreía con fraqueza y volvía a repetir su nombre...Kate, Kate...

El hombre la invitó a sentarse, ella como hipnotizada se dejó llevar por sus piernas hasta la silla. El hombre la enseñó la carta número seis del tarot, esa carta que llaman "los enamorados", y de repente todos los recuerdos se agolparon en su cabeza, todos los años de amor, volvieron de repente, los buenos momentos, las caricias en el parque, el primer beso, las tardes de domingo, compartir un helado de cucurucho a medias, la excitación de la primera vez, los nervios, las cosquillas...

Su cabeza empezó a flotar, se sintió mareada, incapaz de dar  un paso, pero aún así se levantó de la silla y corrió a su casa. Sus piernas se tambalearon y no pudo seguir, se cayó en mitad del paseo. Un patinador, la recogió del suelo.

El patinador se llamaba Javier, y era de la misma edad que Kate. La levantó y la invitó a un brunch, charlaron durante muchas horas, y después continuaron hablando durante mucho tiempo más, se murió el día y siguieron charlando, ese día en el que Kate había decidido olvidar el amor, el amor la volvió a encontrar.

Posted by Kenzo Tomochu at 19:21:15 | Permanent Link | Comments (0) |
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