El Retorno de los espumosos…

Los espumosos regresan…con menos sex y más city que nunca

Archive for May, 2009

Tiembla tierra

El gigante se acercó a nuestro pueblo, y no fue como antes. Antes se conformaba con exigir un diezmo a cada habitante del pueblo, y en ocasiones hasta se mostraba comprensivo sí éste o aquel era incapaz de reunir lo exigido.

Pero esta vez fue diferente, esta vez no sólo se mostro imperturbable a las quejas y lamentos de aquellos que no teníamos la capacidad de entregarle lo demandado, sino que exigió que su nombre fuera loado haya donde fuera, no debía haber hombre, mujer o nió que no fuera capaz de glosar perfectamente las bondades y hazañas de un simpar gigante como él.

Por eso estoy escribiendo estas líneas, tal y como nos ha pedido,  Tiembla tierra, que el señor gigante se acerca y su grandeza alcanza más allá de su barriga, tiembla y no dejes de anunciar, antes que el rugido de sus tripas lo haga patente, que el gigante se acerca. Mujeres, niños, hombres, sol que estás en lo alto…todos load a nuestro señor, y hacedlo antes de que se encuentre que no tiene nada sobre lo que mandar.

Sin alternativas

Caminas rodeado de un silencio sepulcral, pisando ramas que se rompen bajo tus pies, sonando esos crujidos como lamentos. La soledad del bosque y la soledad del hombre.

No quieres volver y posiblemente no debes volver, estás sin alternativas. En la oscuridad de un día nublado la vida parece más dura de vivir.

Las decisiones que has tomado pesan como losas sobre tus hombros ya cansados, hundes tu cuerpo en una espesura húmeda y pierdes así la condición, el vestigio de humano, de sensación de paz.

Llueve en la ciudad

El reloj me mira con indiferencia, mientras yo intento un cierto ejercicio de compromiso por su parte, pero su agujas parecen conjugadas contra mi, para evitar comenzar a andar a una velocidad adecuada. Miro por el ventanal, solo para constatar una realidad anunciada, en la calle está lloviendo y desde aqui, desde esta altura  los habitantes de esta ciudad parecen pequeños liliputienses que corren a refugiarse debajo de pequeñas setas con forma de paraguas. Horas muertas frente a la ventana, contemplando el gigantesco acuario.

Viento de frente

Trece días sin ver el sol, los tripulantes se están volviendo locos, la lluvia empapa los pocos resquicios secos del barco. El viento de frente frena el avance del barco, las olas intentan hacer zozobrar la embarcación, y el frío se hace dueño de cada unos de los cuerpos de los cinco hombres rudos.

Y yo entre ellos, sin su rudeza, pero con su melancolía, caras petreas, sin mostrar el sufrimiento, te echo de menos, me consuelo con tu imagen en las pocas horas que puedo dormir. Creo que no podremos aguantar mucho más, mientras los quejidos de la madera húmeda y podrida, invaden los escasos instantes que el viento deja en silencio el ambiente.

Si llegamos a tierra firme, si salimos de esta, te prometo que escapare del mar para caer en tus brazos, aunque contigo también tenga el viento de frente.

El sabor de los helados

Parados en la puerta de la heladeria, descubriendo por primera vez que helado te gusta, es una de la desventaja que tiene comenzar una relación en invierno. Antes de acercarnos al mostrador, me miras seria y me dices “¿ Crees que nuestra vida estará unida por el sabor de nuestros helados?”

Un escalofrío me recorre la espalda, mientras me concentro en saber que helado elegirá ella, y si seré capaz de escoger un sabor que combine con el de ella. Miro el cartel y me sorprendo de encontrar tantas alternativas, no pensaba que tantas alternativas podrían estropearme, sino soy capaz de encontrar de un sabor que combine.

Nervioso, inventando miedos, temeroso de descubrir que una relación se puede estropear por algo tan tonto como el sabor de un helado, “no” respondo “no creo que nuestra vida esté unida por el sabor que tu escojas”…me mira riendo y añade ” eso pensaba yo”, mientras pide un cucurucho doble de stracciatella, un sabor que de verdad me horripila.

¿No hay nadie?

La calle serpentea hasta llegar hasta tu casa, el último número, casi en penumbras, llamo al timbre y nadie contesta. Me siento en la acera y espero, espero durante diez minutos, diez minutos que se convierten en dos horas. El frío y la noche se agarran a mi escasa ropa primaveral mientras tú no apareces por ninguna parte.

Un vecino se apiada de mi y saca a la calle una silla y un tazón de sopa caliente, me sorprende su amabilidad, pero mucho más su comentario…”esto no es nada, tendría que a ver visto al otro aguantando en pleno invierno”