Terminas de escribir la carta explicando tus sentimientos, irónico en los tiempos del email, escribir una carta de amor. Ni siquiera sabes cuanto cuesta ahora franquear una carta, cuando mandaste tu última carta todavía el euro no era más que una quimera. Por suerte para ti, todavía hay gente que fuma y eso te permite tener un estanco a lado de tu casa, aunque el estanquero te mira como un marciano al pedirle un par de sellos.
Buscas un buzón, y recorres más de cuatro manzanas hasta descubrir una silueta amarilla en la lejanía. Cuando te acercas el vértigo te marea, la boca se te seca y hubiera preferido poder releer ahora mismo, por última vez la carta.
La duda te corroe, ¿Te contestara ella? Y si es así, ¿Lo hara por carta? Esperas que sí y anticipas el placer de rasgar el sobre e imaginas la sensación del tacto del papel arañado por la fina caligrafia de ella. En tu imaginario no cabe la decepción de una negativa, optimismo natural.
Epitafio: Dos meses más tarde tú mismo sobre regresa a tus manos, arrugado, manchado y estigmatizado por un sello “Destinatario desconocido”. Vuelves a escribir tus sentimientos en un corto email, con la desagradable sensación de haber perdido dos meses.
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