El reloj me mira con indiferencia, mientras yo intento un cierto ejercicio de compromiso por su parte, pero su agujas parecen conjugadas contra mi, para evitar comenzar a andar a una velocidad adecuada. Miro por el ventanal, solo para constatar una realidad anunciada, en la calle está lloviendo y desde aqui, desde esta altura  los habitantes de esta ciudad parecen pequeños liliputienses que corren a refugiarse debajo de pequeñas setas con forma de paraguas. Horas muertas frente a la ventana, contemplando el gigantesco acuario.