La calle serpentea hasta llegar hasta tu casa, el último número, casi en penumbras, llamo al timbre y nadie contesta. Me siento en la acera y espero, espero durante diez minutos, diez minutos que se convierten en dos horas. El frío y la noche se agarran a mi escasa ropa primaveral mientras tú no apareces por ninguna parte.

Un vecino se apiada de mi y saca a la calle una silla y un tazón de sopa caliente, me sorprende su amabilidad, pero mucho más su comentario…”esto no es nada, tendría que a ver visto al otro aguantando en pleno invierno”