Toco el acero y está frío, no tanto como se puede esperar de un metal sin corazón, pero suficiente para insensibilizar mi mano al agarrarlo. Me gustaria gritar, aterrado como estoy, pero prefiero seguir en silencio para no llamar tu atención. Las entrañas me sangran en silencio, mientras dos lágrimas se escapan y dibujan dos surcos imperfectos por mi cara tiznada.
El amor no se cura.