Presa del terror, arqueó su espalda, su nuca apoyada, casi encadenada a la almohada, el sudor empapaba la sabana. Las manos temblorosas, los dedos desgarrando con violencia una nada terrorífica. Despertó otra vez entre gritos ahogados de dolor.

Era noviembre, cuando las lluvias llegan al pueblo, y los fantasmas del pasado vuelven a los corazones.