Didi sufrió mucho, los últimos meses de vida los paso entre toses amargas y esputos manchados de sangre. A veces durante ese tiempo yo me acercaba a su casa y me sentaba cerca de la cabecera de su cama. Cuando Sonia no miraba él encendía una vieja colilla para darle un par de caladas, y nada más entrar el humo en sus pulmones, comenzaba a toser, pero ese veneno gaseoso le daba unos momentos de lucidez.
Recordaba los días jóvenes, los día de Gran Vía en domingo, cuando la que sería su mujer iba con una cesta llena de comida y una vieja bota llena de vino añejo, y ambos se sentaban a pasar la tarde cerca del Palacio de Oriente. Los años del refajo, repetía entre risotadas, Didí, sus dientes antaño blancos de galán, lucían ahora amarillentos con la nicotina de los años felices, dónde apurar un puro con una copa de Soberano era uno de de los secretos placeres a disfrutar.
Ahora que Didí ha muerto, me siento en la esquina de su cama, y releo sus cartas de amor, esas cartas que guardaba en una lata de galletas, esas cartas que escribió cuando las tardes olían a jazmín, y las mocitas apretaban sus pechos con imposibles vestidos, que ahogaban sus anhelos, mientras los Didí del mundo avanzaban a pasos seguros, contando con seducir cada noche otra tierna jovencita.
Si lees todas las cartas, con cariño, y con parsimonía, olvidando las sempiternas faltas de ortografía que poblaban sus líneas, te darás cuenta que ese galán trasnochado que era Dídí, en realidad soñaba en romántico, deslizando entre sus cartas, los más bellos sentimientos de amor que nunca leí.
Por eso, ahora que lo sé, no me sorprende que Sonía siguiera a su lado, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de los años que paso muriendo en vida, ahora sé que entre colilla y colilla, Didí destilaba poemas de amor.