Me quedé mudo al doblar la esquina y verla parada frente a mi. Tímido, desmadejado y sin capacidad que ni una sola de las palabras que llevaba ensayadas frente al espejo saliera de mi garganta.

Los dos sentados frente a frente en la terraza de un bar cualquiera.Sin recursos narrativos, ni páginas escritas, palabras al aíre tan solo. Ni dos frases entrelazadas fuí capaz de hilvanar. Y ella mirando extrañada, ¿gran poeta? encendió un cigarro y lo descansó en sus dedos, impaciente, esperando un requiebro de amor.

Desconcertada preguntó, ¿y esa limitación verbal, dime algo, por favor?. Agarré la primera servilleta que encontré y escribí el más hermoso poema que nunca escribí, se lo hice llegar a manos temblorosas. Pero no pareció interesarle lo mismo que cuando me contestaba sus cartas, detallando la emoción que le producían mis escritos. No terminó de leerlo, y se levantó. Ni siquiera mi adiós desgarrado la emocionó.

Mis cuerdas vocales se negaron a mantener la ilusión que mis manos habían creado.