Didi sufrió mucho, los últimos meses de vida los paso entre toses amargas y esputos manchados de sangre. A veces durante ese tiempo yo me acercaba a su casa y me sentaba cerca de la cabecera de su cama. Cuando Sonia no miraba él encendía una vieja colilla para darle un par de caladas, y nada más entrar el humo en sus pulmones, comenzaba a toser, pero ese veneno gaseoso le daba unos momentos de lucidez.
Recordaba los días jóvenes, los día de Gran Vía en domingo, cuando la que sería su mujer iba con una cesta llena de comida y una vieja bota llena de vino añejo, y ambos se sentaban a pasar la tarde cerca del Palacio de Oriente. Los años del refajo, repetía entre risotadas, Didí, sus dientes antaño blancos de galán, lucían ahora amarillentos con la nicotina de los años felices, dónde apurar un puro con una copa de Soberano era uno de de los secretos placeres a disfrutar.
Ahora que Didí ha muerto, me siento en la esquina de su cama, y releo sus cartas de amor, esas cartas que guardaba en una lata de galletas, esas cartas que escribió cuando las tardes olían a jazmín, y las mocitas apretaban sus pechos con imposibles vestidos, que ahogaban sus anhelos, mientras los Didí del mundo avanzaban a pasos seguros, contando con seducir cada noche otra tierna jovencita.
Si lees todas las cartas, con cariño, y con parsimonía, olvidando las sempiternas faltas de ortografía que poblaban sus líneas, te darás cuenta que ese galán trasnochado que era Dídí, en realidad soñaba en romántico, deslizando entre sus cartas, los más bellos sentimientos de amor que nunca leí.
Por eso, ahora que lo sé, no me sorprende que Sonía siguiera a su lado, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de los años que paso muriendo en vida, ahora sé que entre colilla y colilla, Didí destilaba poemas de amor.
Las horas van moviendo las agujas del reloj, lentamente. Nada parece cambiar a este lado del mundo, si pudiera ver algún cambio, algún movimiento, pero todo parece lentamente igual, como si todo se congelara al otro lado de mi ventana.
Y además tú no te enteras cuando mi brazo te rodea, no pasa nada, la vida sigue, todo lo que ahora es malo, inconveniente, pasará.
Cuando te acuestas, te arropo, y me quedo inmovil ,viendo como el sueño llega hasta ti. Ahora con las luces apagadas, el mundo un lugar más pacífico, menos agreste, tú respiración acompasa mi melancolía.
La tranquilidad invade nuestro hogar, duerme, descansa princesa. Deja todo lo malo, tiñe los sueños del color que trae la pequeña felicidad, no te preocupes, que en este lado del mundo siempre hay alguien que velará tus sueños, que espanta tus pesadillas, aunque la monotonía invade lentamente su vida.
Sueña, aqui me quedo, hasta que vuelva la aurora, hasta que el sol se cuele por las rendijas de tu persianas, respira profundo, cuando te levantes venceremos al mundo.
Me quedé mudo al doblar la esquina y verla parada frente a mi. Tímido, desmadejado y sin capacidad que ni una sola de las palabras que llevaba ensayadas frente al espejo saliera de mi garganta.
Los dos sentados frente a frente en la terraza de un bar cualquiera.Sin recursos narrativos, ni páginas escritas, palabras al aíre tan solo. Ni dos frases entrelazadas fuí capaz de hilvanar. Y ella mirando extrañada, ¿gran poeta? encendió un cigarro y lo descansó en sus dedos, impaciente, esperando un requiebro de amor.
Desconcertada preguntó, ¿y esa limitación verbal, dime algo, por favor?. Agarré la primera servilleta que encontré y escribí el más hermoso poema que nunca escribí, se lo hice llegar a manos temblorosas. Pero no pareció interesarle lo mismo que cuando me contestaba sus cartas, detallando la emoción que le producían mis escritos. No terminó de leerlo, y se levantó. Ni siquiera mi adiós desgarrado la emocionó.
Mis cuerdas vocales se negaron a mantener la ilusión que mis manos habían creado.
“Es dificil pararme en seco y afirmar que no sé nada sobre tí”
Por supuesto que no tengo ganas de justificarme, y mucho menos de dedicar una más de una hora argumentando sobre tardes perdidas de domingo.
“Te echo y echaré de menos, si es eso lo que quieres oír”
Tu llamada lejos de desconcertarme, era esperada. Tengo un cuaderno lleno con manchas de café y excusas que fui escribiendo en los años que tú y yo estuvimos juntos. Ahora te sorprenderá oír en mi boca, tus viejas excusas.
“No sé si es mejor decir adiós, que engañarnos con un hasta pronto que nos ilusione a ambos”
Justo en este instante con las sienes a punto a estallar, prefiero colgar el teléfono y dormir, dormir, descansar, olvidar, olvidarte viejo, resignarme.
Si esta noche soñara, lo haría contigo.
Confía en mi, te juro que esta vez
las experiencias de antes,
ya no tienen sentido,
no las recuerdes,
olvidalas,
Dejame empezar,
dejame recomponer
lanzar
al vacio, tejer
nuevas redes
entre tu y yo
Si esta noche soñara, lo haría contigo,
¿lo harías tú conmigo?