El Retorno de los espumosos…

Los espumosos regresan…con menos sex y más city que nunca

Archive for January, 2008

Grita si estás desesperado

El hombre intenta ser egoístamente agradable, con el fin de obtener de los demás lo que pueda. Este mismo hombre mira de reojo al pescadero, mientras éste limpia un besugo. Esta noche tiene una cena especial, sus padres vienen a conocer a su la que va a ser su mujer. La que va a ser su mujer no le habla desde hace más de una semana, pero eso sus padres no lo saben.

El hombre paga religiosamente el besugo, aunque el pescadero tampoco sepa cuál es el destino que le espera a un pez de ojos tan grandes.

El pescadero lleva tres noches sin dormir, pero no por falta de sueño sino por falta de escrupulos. Lleva más de tres meses engañando a su mujer, y ahora su amante está embarazada. Y la embarazada le ha dado un ultimatum, o se lo dice a su mujer o se lo dice ella.

La amante embarazada nunca conoció a su padre, y se prometió que nunca sería una madre soltera, aunque le cuesta admitir que el padre de su futuro hijo sea el pescadero del barrio, calvo, gordo y cincuentón.

La que va a ser la mujer del hombre falsamente agradable escucha a la amante embarazada del pescadero calvo y cincuentón, contar la historia del embarazo a una amiga por el móvil, y no puede evitar que la curiosidad le haga escuchar con atención.

Los padres del hombre que compra besugo para cenar están deseando conocer a la mujer curiosa que escucha la conversación de una amante embarazada, pero les da miedo que al final su hijo se acabe casando con la mujer equivocada.

La mujer embarazada, la curiosa, el pescadero, el hombre agradable y sus padres y hasta el besugo, viven todos en tu ciudad, pero nunca los has visto, porque siempre estás encerrado en tus pensamientos y no miras a la gente.

Ahora todos están en tu cabeza, pero sólo porque has terminado de leer este pequeño cuento. ¿Crees que el besugo terminará en un horno, los padres tranquilos, los novios casados y la mujer del pescadero defraudada, mientras su marido se convierte en padre de un hijo de una madre soltera?¿Te importa?

Las costas de Itaca


Ulises Fernández recogió su mesa y metió todos sus enseres en la caja. Después de más de  cuarenta años en la oficina, había llegado el día de abandonarla. Se miró las manos cansadas y una lágrima se escapó y resbaló por los surcos de su cara agrietada.

Como el Ulises mitológico, para nuestro protagonista había llegado el momento de volver a Itaca, a su propia Itaca. Cuarenta años encadenado a una mesa de oficina, albaranes, facturas y cuadrar la contabilidad día tras día, ahora ya viejo, cansado y jubilado era el momento de regresar, de volver a casa. 

No perdió mucho tiempo en el pequeño piso del centro donde había dormido, comido y soñado durante tanto tiempo. No cogió más que la maleta que había preparado la tarde anterior y cerro la puerta, y detrás quedaron los fantasmas del pasado, los monstruos, los cantos de sirena que durante los quince mil días y sus correspondientes noches le habían acompañado, esos quince mil días que había durado su viaje.

El autobús le acercó hasta la estación, y mientras estaba esperando cubrir la última etapa de su viaje, se recordó a si mismo como el joven guerrero que era cuando llegó a la ciudad, y ahora se veía mayor, no esperaba nada de la vuelta, como durante tantos años no habí esperado nada de la singladura.

Más de seis horas de tren, y casi ya estaba cerca de casa, y ahora ya notaba el olor húmedo en el aire, el aire de la costa, ilusiones e ideales, se mesó la barba blanca, y repasó las arrugas del dorso de su mano con la mirada. Para Ulises Fernández la odisea había llegado a su fin, pero a diferencia del otro Ulises, a él no había ninguna Penélope que le esperara, ninguna corona que colocarse en la sien,  y ninguna patria lejana le esperaba con los brazos abiertos.

El apeadero estaba desierto, y estaba anocheciendo en su Itaca local, Ulises respiró profundo y se encaminó por la vereda, había llegado a casa, su casa y esta noche dormiría, descansado, sin pesadillas, por primera vez desde hacía tanto tiempo, al final del camino el retiro, la calma y la paz.

Ulises caminaba con un ritmo cansino, arrastrando los pies, y a lo lejos se oía los chillidos infantiles de unos niños itacanos, que jugaban a la guerra, jugando a ser mayores.

Checkpoint Charlie

En agosto de 1961, me encontraba sirviendo al ejercito de los Estados Unidos, en la base militar del Berlin Occidental, cuando se decidió levantar la frontera entre las dos partes de Berlín (El muro), se establecieron tres puntos de control…Alpha, Bravo y Charlie…

Esta es una historia de un soldado que por entonces se llamaba Anthony E. Benedict, yo mismo, y servía en el “checkpoint charlie” en Friedrichstrasse.

Nunca olvidaré Berlin, ni ese verano de 1961, …pero lo que es seguro es que nunca olvidaré que todos mis recuerdos están asociados a un nombre de mujer, Mette.

Han pasado más de cuarenta años y todavia en algunas noches, en las que el bourbon me obliga a recordar, vuelvo otra vez a tener 21 años…y la estoy esperando en el checkpoint Charlie…

El cigarro me apagaba en la mano, mientras tomaba mi segunda botella de Snapps, hacia menos de veinte días que habia llegado a Berlin y ya conocía todos los bares y lugares donde un chico de mi edad, podría conocer todo aquello que en Columbus-Ohio una familia tarda varias generaciones en experimentar…

Cuando entró lo primero que ví fue su tristeza infinita, y lo segundo sus piernas interminables, (así fui siempre yo…un sentido ambivalente de la vida…entre lo romantico y lo pragmático), ni siquiera supe como cruce todo el local antes de que ninguno de esos patanes que me acompañaban y que yo denominaba camaradas se acercara a ella…

Sin que le diera tiempo a reaccionar, la besé, la besé como se besa a una novia al volver de la guerra, con la pasión y la mayor ternura que fui capaz…ni siquiera retiró, ni por un segundo, sus labios, y me devolvió el beso con el mayor amor que nunca he vuelto a sentir en mis 65 años de vida…no hizo falta hablar, la recogí en brazos y salimos del Kurfürstendamm…paré un taxi en Kelferstrasse…entramos besandonos y no volvimos a parar, mientras el taxista ponía dirección a hotel Höfe conocido por todos los soldados americanos…

…siempre que podía (siempre, habia sido una vez más, pero esta vez era acompañado) pedía la habitación del último piso, en esa habitación se podía oir, sentir y ver aquella parte desconocida de la ciudad para mi…el Berlin Oriental…para un soldado americano, cruzar el checkpoint charlie (o cualquiera de los otros dos) estaba considerado como deserción…

…Fue la noche más mágica de mi vida…nos amamos hasta que amaneció y cuando el sol comenzó a iluminar con sus primeros rayos al muro (ese muro que dividia a los berlineses entre buenos y malos)…compartimos mi último lucky… intentó explicarme en aleman quien era ella…sólo recuerdo su voz dulce y sus caricias en mi brazo, mientras me indicaba con su dedo la parte oriental…

…Nos vestimos despacio, intentando no romper la armonía de la mañana, el sol y nosotros dos…era temprano, mientras me terminaba de poner el uniforme, la volví a mirar…era la mujer más bella que nunca podrías imaginar…

…Cuando llegamos al comienzo de Friedrichstrasse…la abrace como se abraza a una madre cuando tienes cinco años y no te quieres separar de ella…comenzó a susurrar en aleman..algo que después de algunos meses pude llegar a traducir y que era algo como esto “…Es claro que lo mejor no es la caricia en sí misma sino su continuación”…al llegar al Checkpoint Charlie, ya no me cabia ninguna duda la iba a querer para siempre, Mette, que así supe que se llamaba cuando vi su cédula…vivía en aquella parte de la ciudad en la que yo nunca podría entrar…o sí…

…mientras ella cruzaba el punto de control…la roce, con mi mano en su espalda…ella se dió la vuelta …y volví a ver esa mirada de tristeza inmensa…y una sola palabra por su parte..Gekommen Gekommen!! (VEN…VEN!!!..vente conmigo…), en alquel momento mi cabeza ordenó a mis pies no hacer caso a mi corazón…y la ví alejarse al otro lado del muro…mientras en mi cabeza…Gekommen…Gekommen, …durante los siguientes seis meses…en los que estuve destinado en Berlin…no deje de esperar cada día…volver a verla…cruzar el punto de control…y cada noche en el Kurfürstendamm, esperaba volver a verla…las caricias, los besos de esa noche los tengo almacenados en mi memoria ….

…En diciembre de 1989, brindé por Mette cuando el muro fue finalmente derribado…Gekommen…Gekommen….

…Mi historia se la dedico a todos aquellos que llegan hasta su propio “checkpoint” Charlie y deciden no arriesgarse al otro lado…

Au revoir tristeza

La mirada de Lucia Latrofa, se perdió en el horizonte mientras veía partir el último vuelo nocturno hacia París, suponía que dentro estaría Pierre, por lo menos eso esperaba.. después …de ver las diez llamadas perdidas y sus correspondientes mensajes en el buzón…no se sentía con fuerzas para contestar a esas llamadas…ni mucho menos para oir a Pierre preguntando y suplicando…

Tuvo fuerzas para llegar hasta el aeropuerto, pero no para entrar en él. Se quedó en el parking mientras el teléfono no dejaba de sonar…cuando supo que había llegado la hora, se acercó a la terraza para ver partir el avión. “Lo siento Pierre, no he sido capaz de marcharme contigo” pensaba mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla…pero no se sentía mal con ella, le dolía por el propio Pierre…tantos planes juntos, tantas noches en vela, pensando en su nueva vida en París…

Miró por última vez al cielo, viendo como el avión se perdía en la oscura noche como un pequeño conjunto de luces rojas..por un momento deseó estar dentro…pero fue sólo un instante…un momento…

De camino al coche…llamó a su contestador…y la voz de Pierre apareció clara al otro lado…”Lo siento Lucia, se me estás esperando…no he sido capaz de marcharme contigo…”…

Ha muerto el amor…viva la inspiración

Estoy soñando que no tengo más que pensar, que nunca tendré que explicar como las cosas se resuelven sin saber como y como soy capaz de escribir con los ojos cerrados, tal y como he hecho con este texto.

Sorprendentemente ya soy capaz de dejarme llevar por un mundo de segundas intenciones,  terceras impresiones y cuartas explicaciones.

Bien por mi, y lo siento por las personas que tuvieron un pañuelo azul anudado al cuello sin saber que les hacia falta. Y por los que soñaron con sardinas y por los que rieron sin ganas al ver caer un cisne. Y por los que al decir basta se entristecen por la falta de algodón en la barba de Papa Noel.

Una historia de amor…

Pasearon durante más de una hora, no tenían prisa.De repente ella le miró con una mirada mezcla de ternura y sorpresa, como si compartir ese tiempo con él, no estuviera previsto en ninguno de sus esquemas mentales.El la sonrío y la acercó hacia si con suavidad y la besó en la frente mientras la abrazaba, lentamente se acercaron por el paseo de Positano hasta “il pino tumbado”…él le comenzó a susurrar la leyenda del pino tumbado…

Hace muchos siglos cuando el mar todavia era joven una sirena llamada Partepone, sintiendose derrotada por el bravo Ulises, se arrojó al mar al que siempre habia pertenecido…y murió victima del oleaje y las corrientes, su cadaver llegó a las costas de Campania, y el lugar dónde apareció se erigió un altar sobre el que luego se levantó la ciudad de Nápoles.

Esa es la parte de historia que conoce todo el mundo. Sin embargo lo que casi nadie conoce(quizás porque es de mi propia invención), es que un muchacho fue el que descubrió el cadaver de la bellisima Partepone, el joven Itocles. Itocles, que nunca vió mujer antes, quedó prendado de la hermosura de la sirena, la abrazó y durante una noche permaneció abrazado en la playa al cadaver. Al llegar el día la devolvió al mar, esperando que el contacto con el agua, devolviera la vitalidad a Partepone.

El joven Itocles nunca superó el dolor de enamorarse de Partepone, y cada tarde durante diez años, caminaba por este mismo camino y se sentaba cerca de lo que ahora estas viendo, el paseo de Positano, mirando con profunda melancolía al mar, esperando que su nunca conocido amor volviera a la vida.

Un día después de mucho tiempo y viendo que la pasion no desapareciá de su corazón, el propio Zeús se apiadó de la tristeza del ya no tan joven Itocles, y lo convirtió en un pino para el que tiempo no le afectara tanto. Ese pino es este mismo que ves y que se curva hacia el mar, esperando algún día Partepone vuelva de las profundidades del mar.

Cuenta una leyenda que circula entre los habitantes de Positano, que las mujeres que se abrazan al pino tumbado, le oyen todavía llorar por Partepone. Si te abrazas al pino tumbado nunca llorarás por un amor perdido.

Al terminar la historia, ella se abrazó a él, un poco porque la fresca brisa del anochecer la habia destemplado, otro poco porque le encantaba que él siempre inventara historias de amor para que ella continuara a su lado…y le besó lentamente mientras las hojas del pino tumbado susurraban el nombre de Partepone…

Lentamente se dieron la vuelta, una mesa con chianti les esperaba…y otro día más, él habia pasado la prueba.

El segundo día te espera en http://sonando.blog.com.

Gracias por llamar

Con estas sencillas palabras terminó y colgó, y la mujer al otro lado del teléfono se sintió desconcertada, después de tanto tiempo no esperaba una respuesta tan fría.

Habían compartido cama, desayuno y el periódico de los domingos durante más de diez años, aunque no fuera el hombre de su vida, fue un periodo divertido y alegre. Juntos descubrieron las tostadas francesas, despertarse de madrugada para mirar por la ventana al frío de la noche, y los conciertos de jazz del Café Central.

Pero además hubo verdaderos momentos de amor, por esta razón, ella pensaba que él todavía la añoraba, porque durante un año después de dejarlo, él todavía la llamaba para hablar, para ir a conciertos, para mirar desde dos ventanas diferentes la misma luna.

Cuando le llamó para pedirle una cita, después de dos años, él le contesto que no, que ahora había perdido la ilusión por compatir tiempo con ella, y sin dejarla terminar, colgó con un gracias por llamar.

Ella descubrió que había perdido el tiempo, y él miró por la ventana como la luna se ocultaba al ritmo de Thelonius Monk. El descolgó el teléfono y la llamó, ella escuchó un sí al otro lado de la línea y otra vez ambos volvieron a mirar la luna desde dos ventanas mientras la música se escuchaba y el frío de la noche enfriaba sus caras.

Nada me importa lo suficiente…

Sentirte libre por un momento, y pensar que nada de lo que has hecho hasta ahora te importa lo suficiente como para tener que pasarte el tiempo en el que se consume en la boca un cigarrillo sin filtro pensando en ella. 

Te levantas temprano y el aire es frío, tan frío como para dejarte paralizado. Miras por la ventana y la nieve ha cubierto los campos, no es tan sorprendente si piensas que estas en enero, sorprendente si piensas que nunca nevó antes en esta latitud.

Lo que más me jode en este momento  es que sólo porque ayer soñé con ella, hoy me levanté con dolor de muelas. Y ni siquiera el vaso de whisky que me estoy tomado es incapaz el curarme el dolor y no me refiero al dolorde muelas.

Por eso, en días como hoy, dónde el frío y la nieve tapan las grietas del campo, y no sé me ocurre nada mejor que hacer que apurar un vaso de whisky, un cigarrillo sin filtro, y pensar en ella, me considero libre por un momento de pensar que nada de lo que hecho hasta ahora importa lo suficiente.

Y el elefante bailó, mientras yo la besaba…

Y empecé a escribir sin saber muy bien que quería decir, y ella me miraba entre divertida y expectante, le había prometido que al final del día tendría un cuento para ella. Con esa simple promesa la había mantenido durante este día a mi lado, como si se hubieran intercambiado los papeles y yo fuera una moderna Scherezade.

El día tocaba a su fin y sólo había sido capaz de escribir una historia de un mono que adoraba el jazz y un elefante con aspiraciones de bailarín. Ella se río y me pidió que siguiera, nos sentamos en el suelo,  y ella se acurrucó entre mis piernas, mientras yo miraba la cuartilla garabateada.

Bob el elefante, soñaba con poder bailar y todas las mañanas se levantaba antes de salir el sol, e intentaba sentir bajo sus pies, el ritmo. Pero era incapaz, no sentía el ritmo, y no sabía porqué sus pies se negaban a seguir la música. Y así cada mañana, Bob se vestía lentamente, después de llorar un rato, y se marchaba a trabajar. Cada nueva mañana Bob esperaba que ese fuera el día, el día que sus pies fueran capaz de sentir el ritmo y danzar aunque fuera por unos instantes.

A Arty, el chimpacé le encantaba la música del piano, y miraba sus manos, soñando con algún día con ser capaz de tocar jazz. Sólo una vez lo intentó, y el resultado fue desastroso. Y eso le bloqueó para volverlo a intentar, aunque cada noche soñaba con tocar en un piano una canción de amor.

Pero a Arty le aterraba el ridiculo, y enterró su afición en lo más fondo del corazón,  y eso le hizó agriar su caracter, y convertir su antigua bondad, en un cinismo descarnado. Bob, era su mejor amigo, y Arty sabía como Bob se desesperaba cada mañana, pero odíaba la persistencia de Bob, y sobre todo lo odiaba porque sabía que si él hubiera tenido esa misma persistencia a lo mejor de sus dedos hubiera salido una melodía.

Por eso, Arty quería obligar a su amigo a olvidar ese anhelo de bailar, y se le ocurrió que si era capaz de ridiculizarlo en publico, Bob desistiría para siempre de esa tonta afición.  Organizó un recital para Bob, y Bob se preparó a conciencia, la tarde del recital, el salon de actos estaba lleno, y Arty pensó que después de esa tarde, Bob sería consciente del ridiculo y pero cuando quedaban pocos minutos, Arty vió la cara de ilusión de su amigo y fue incapaz de seguir adelante. Le contó la verdad, pero fue incapaz de disuadir a Bob, que se encaminó entre bambalinas, mientras la música comenzaba a sonar.

El corazón de Arty sufrió al oír los acordes iniciales y de repente Bob comenzó…

Ahora me dirás como Bob se elevó bailando con dulzura, me sonrió ella. La miré con amor, mientras continuaba la narración…

Nadie vió nunca un elefante bailar, y aquel día no fue una excepción, Bob fue incapaz de sentir el ritmo, y eso que lo intentó, lo intentó hasta extenuación, lo intento aunque la gente se marchó enseguida, lo intentó aunque las lágrimas le tapaban los ojos, y después de varias horas se marchó a casa. Esa noche no durmió por la pena, esa noche se odió mil veces por querer ser un elefante bailarín.

Pero a la mañana siguiente se volvió a incorporar de la cama antes de la salida del sol, y la música volvió a sonar una mañana más. Y los pies de Bob se empeñaron en encontrar un ritmo perdido, y lo que sabe Bob es que mientras haya una mañana más, él lo intentará, no importa cuantas mañanas pasen, ni si nunca lo consigue. Bob siempre sería el elefante que más cerca estará de bailar.

Cuando terminé la besé, con dulzura y pasión, mientras afuera era noche cerrada.