Sientes otra vez el ruido de la ciudad en tus arterias, el sonido de la prisa que altera las membranas del tímpano, te crees sin fuerzas, sin energias para emprender otra vez la rutina diaría.
Parado en delante de un edificio enorme, colosal masa granítica, como montaña a escalar, ajustas tu corbata, revisas con una simple mirada tus zapatos y entras en el hall del edificio, seres inertes como tú, te reciben, te saludan con frases escritas hace tiempo para ocasiones como ésta.
Una planta superviviente de un naufragio se esconde al lado de los ascensores, pero nadie repara en ella, quizás tú sí, quizás si la miras todavía estas salvado.
Despacio te acercas a ella, sin prisas, acaricias las hojas, y sientes su latido en la yema de tus dedos. Miras tu reloj y piensas que hoy nadie te necesita, sales a la calle otra vez y te sientas en un banco de la calle con la mirada perdida y dejando que el sol te tueste la cara.