Ella mira por encima de la taza de café, recordando aquellos días donde él tomaba suyo de pie en la barra del fondo, sin hablar con nadie, sin sonreir a nadie, como con prisa por marcharse, sin reparar en ella.
Todas tardes a las cinco, entra en el café esperando encontrarle otra vez, encontrar esa mirada de nostalgia por encima de las tapas del viejo libro que él siempre lee.
Ella se apura, se arregla sin mirarse en el espejo, sólo por correr hasta ese encuentro infinito entre tazas de café.
Pero él esta tarde olvida ir al café, y dos días más tarde, y al otro mes, ella desespera por él vuelva a aparecer.
Desde el ventanal del viejo café, a ella todavía se la ve, día a día, madejando las nostalgias de áquel que un día olvidó visitarla en el café. Sin prisas, sin tristezas, ella tintinea la cucharilla en la taza, y ese sonido le recuerda que un día conoció a un hombre que tomaba entre prisas su café. El ni la miro, pero ella de él se enamoró.