A los quince años olvide mi nombre, mi enfermedad no era una patología común, sino una extraña alteración que fue estudiada por decenas de neurologos y psiquiatras, algunos recomendaron a mis padres que me internaran en un psiquiátrico, otros que siguiera una terapia menos agresiva. Papá no quiso hacer nada, y no es que no le preocupara yo o mi enfermedad, simplemente no quería reconocer mi enfermedad.
Además de olvidar como me llamaba, comencé a perder infinidad de recuerdos, un día olvidé dónde vivía, cuántos años tenía, y a lo seis meses de comenzar el primer sintoma de la enfermedad, olvidé toda mi vida.
Ahora, en mi mundo los recuerdos no abarcan más de unos minutos, mis conversaciones son imposibles, mis modales estrafalarios, y mi vida social inexistente.
Releo estas líneas y me sorprendo a mi mismo de lo que acabo de escribir, sólo unas líneas antes, me parece imposible que esta cara que veo reflejada en el espejo, tenga un alma que vive en toda una nueva vida cada tres minutos, porque su maldito cerebro no es capaz de almacenar el sabor del limón, el escalofrío después de un beso, la trama de una película, o tu nombre enlazado al mio.