Me enamoré de un país llamado Jacqueline, para mi toda la inmensidad de una tierra como Estados Unidos se resumía en ella, en su forma de mirar, con ojos claros, en la manera que pronunciaba las erres, y en su sonrisa despierta y calurosa.

Supongo que estos últimos años, mi paisaje ha recuperado color y vida, y el país llamado Jacqueline habrá abierto su frontera, no sé porque hoy la he recordado, quizás porque una malabarista callejera, me la ha traído a la mente cuando bajaba por la calle camino del puerto.  

Ahora estoy comiendo un poco de pastrami con pan de nueces y una coca cola, con el cuerpo desmadejado en un banco, al lado de la marina, sin más preocupación que el sol me tueste la piel y su recuerdo en mi pensamiento.

Porque recuerdo que una vez me enamoré de un país llamado Jacqueline, y recuerdo como iba a su casa solo para ver una nevera que fabricaba cubitos de hielo, algo inusual en el país del frío, y como encontré un anillo con un rubí de pega en un puesto callejero y se lo regalé, mientras le pedía, casi suplicaba un beso. Pero ese país llamado Jacqueline, nunca me quiso, aunque me enseñó la importancia de la amistad entre un hombre, entonces más un niño que un hombre, y una mujer.

Y con el paso de los años ese país fue ocupando poco a poco espacio en mis recuerdos, y se fue alejando de mi tacto y mi palabra, Jacqueline se convirtió en una cara borrosa,un país lejano e inhospito, hasta esta tarde una malabarista callejera me recordó a ella y ahora sentado bajo un sol veraniego, echo de menos mi adolescencia, y a ella.