Toda la tarde estuve mirando la puntera de sus zapatos, por no atreverme a mirarla a la cara, y no pude evitar darme cuenta que tenía restos de arena de alguna playa lejana. Y de repente sonó su teléfono y ella se marchó dejando su tercer café a la mitad, entonces por fín la miré a la cara y descubrí con convicción que jamás querría a nadie como a ella.
Me acerqué a ella cuando ella salía del bar, sin tener ni idea de lo que iba a decir, caminé un par de pasos a su lado, “Hola” un ruido ronco salió de mi garganta y ella sorprendida por el sonido de mi voz se detuvo en seco, mirándome de hito en hito. No sabía como continuar, sencillamente me hubiera gustado decirle que estaba enamorado de ella, y de sus pies, de su cara, de su andar felino, pero allí estaba parado enfrente a ella, sin nada que decir. Me miró otra vez perpleja, fuera del bar el sol bañaba su piel morena, y aparecía más hermosa…Mi cabello olía a humo de cigarro, mi aliento a vino y me preocupaba que el olor a frito del bar que impregnaba mi ropa llegara a su nariz.
De repente me dí cuenta que no hacia falta hablar, le tendí mi mano, de piel rugosa y estropeada por los años, y ella la cogió sin dudar, agarrados de la mano bajamos por el paseo, dandonos tiempo para descubrir nuestra primera conversación, sin prisa, sin nervios.