Durante un instante todo el universo que tú y yo conocemos se detiene, se congela, se queda en suspenso con un paso de baile. Estás en el escenario, y todo tu cuerpo refleja satisfacción, tensos los músculos, la sonrisa presta, el gesto con donaire.

Y yo entre el público, yo aplaudiendo, emocionado como un niño, emocionado como un padre, disfrutando, pensando que sería bonito compartir más momentos así.

Al terminar con pelo mojado, me preguntas si me ha gustado, si has estado bien, si la gente te ha aplaudido, y yo te miro durante dos segundos antes de reafirmar, y descubro mientras te beso en la mejilla, que la distancia entre un labio y una mejilla es dos años de exilio.