¿Alguna vez has sentido la imperiosa necesidad de salir a la calle y gritar al mundo que estás vivo? Anoche paseé por la avenida principal bajo una fina lluvia primaveral, y recordé los días en los que tú me llamabas todas las tardes para contarme que la vida en Dinamarca avanzaba más despacio que en el resto del mundo.

Es curioso lo que se puede estrechar el mundo con una llamada de teléfono, tres mil kilómetros se convierten en apenas centimetros.

Mientras hablabas, yo recorría la casa contigo a ojos cerrados, oía como encendías tu último cigarrillo antes de ir a dormir, y como abrías las ventanas del salón y en pleno invierno yo desde Madrid sentía el frío gélido del norte en mis manos como si yo mismo estuviera frente a esa ventana.

Y anduvimos por las calles, por el paseo cerca del lago, y por la plaza, y nos sentamos en el banco cerca del canal dónde soliamos conversar, tú allí y yo aquí desde España, pero los dos sentados en el mismo banco.

Y anoche, me senté en un banco y te hubiera llamado para contarte que desde esta parte del mundo, la luna sale
por detrás de cuatro torres, y el mundo es más amable cuando sientes latir tu corazón debajo de un caparazón.