La ciudad no duerme, y sus habitantes tampoco, algunos dormitan, se tumban en sus camas, otros se mueven culebreando por los oscuros callejones hasta caer en algún montón de basura. Miran con sus ojos vacios, hacia cielos de noches eternas, sangran por heridas que brotan de la nada, no sueñan, no viven, sólo caminan.
Paso a su lado, intentando no ser como ellos, habitante infiel de esta puta ciudad, escondiéndome, ocultandome de una luna podrida, una luna que nunca cambia de forma, que no es más que un viejo y amargo gajo de mandarina. Paro en cada semaforo esperando que el cambio de luz,rojo-verde-rojo, me insufle un aliento de vida. No pasan ya coches, no hay nadie que espere ninguna parada de autobús.
Pelo ralo, uñas sucias, piel ajada, en una ciudad sin espejos es casi lo mismo, en una ciudad de ciegos se convierte en casi igual. Mi cuerpo cree que tiene frio, mi boca castañea, y los oídos me duelen, me sangran con una sangre oscura, viscosa, los carteles no indican nada.
La ciudad no duerme, y su corazón late despacio, descompasado, como una vieja caja de ritmo. Digamos no, que no puedo respirar, no me llega aire a los pulmones, la presión y el miedo me oprime la caja torácica.
Miro el suelo y veo correr una rata albina que se para y me mira con sus ojos rojos, mordisquea mis pies y a lo lejos un buho ulula, grita, se desgañita y se desespera por una noche eterna en una ciudad que no duerme, no duerme hasta que muera.