Es triste tener que basar un existencia únicamente en el disfrute de unos pequeños momentos, momentos como el que estoy a punto de disfrutar, pero a la vez la sola sensación de notar el espeso y caliente líquido con un punto amargo deslizarse por mi garganta en una tarde lluviosa,  puede que no pueda ser superado.

Por fín, hacia más de un mes que no me podía sentar tranquilamente en mi despacho, sacar mi calentador de agua, abrir mi lata de Whittard of Chelsea. Como dicen los ingleses, no te mereces tomar un té sino eres capaz de respetar el ritual de preparación, ahora estoy esperando los 4 minutos de rigor, para poder empezar a paladear mi taza.

Repaso mentalmente la mesa, y mis ojos se posan en las dos estrellas de mar hechas de cristal de arena de la playa de Skagen, y recuerdo cuando las compramos, en nuestra separación reclamé la custodía de las dos pobrecillas, y estas pequeñas estrellas me recuerdan que Madrid no tiene mar, pero desde la ventana de mi despacho y con la puerta cerrada, una tarde de lluvia y al anochecer, las pequeñas luces de la ciudad se pueden confundir con los pequeños barcos que pescan en la costa al anochecer, sólo hace falta achinar los ojos, desenfocar la mirada y dejar volar la imaginación. 

En semanas como las que he pasado merece la pena aspirar fuerte el aroma del té y dejarse llevar por unos minutos de paz con la puerta cerrada y el teléfono descolgado, me gustaría dejarme llevar y descubrir un poco más que hay detrás de ti, detrás del último sorbo que acabo de dar a mi taza de té…¿Existirá otra taza?…¿mientras quede una sola planta en las laderas del darjeeling…merecerá la pena compartir otra taza más.