Gracias, Amor, no sé lo que haría, sí no te tuviera. Si esta noche el frío se colara por las rendijas de la ventana, me abrazaría más fuerte a ti.
Si no te veo, si no escuchara tu voz cada mañana, si no hubiera una mañana con sonrisa, con calor de amor y zumo de naranja. Tengo miedo de hacerme viejo, si no estas a mi lado. Dime que te quedas otra noche más.
No puede ser, eso no me importa, aunque el adiós sea duro, has perdido la última oportunidad.
Gracias amor y adiós. Cierras la puerta y tu olor a melocotón permanece pegado a las paredes, por un día, o dos o un millón de años.
Tú ya tienes lo que tanto querías, no puedo seguir contigo ni volver a intentarlo. Es demasiado tarde para mi, adiós.
Las nubes grises se ciernen en el horizonte, susurrando que han venido para quedarse, y tú a tus dieciséis, arrastras tu botas pesadas, y estás hundida, con el corazón en carne viva.
El dolor que roe las entrañas, hueco, suena todo tu cuerpo a madera hueca.Gritas al viento, ¿Por qué no me ama? Los latidos de tu corazón descompasan y sientes pena, y quieres apoyas tu cabeza cansada en mi pecho y escuchar su respiración.
Pero a tus dieciséis el amor es esquivo, se ha marchado después del primer beso, y aqui estás tu rellenando páginas de un cuaderno con su nombre, pero él ya no te recuerda, eres sólo un beso robado a la luz de una farola, una noche de verano. Y él es el amor de tu vida, ¡te queda tanto por vivir! aunque ahora no lo sabes, aunque ahora la vida empieza y acaba después de ese beso virginal, y el universo cierra las puerta en un limbo imposible.
Pero mañana sale el sol, y el dolor que destroza, desaparece, se desvanece y muere, y tú renaces, y amas y ese beso, el beso origen y fin, centro y vértice se difumina a la luz del nuevo día.
Y un día cuando cumplas cuarenta, un día como hoy, me enseñarás el cuaderno que escribiste cuando tenías dieciséis, y me hablarás de un beso, un beso que ya no recuerdas, y que nos dimos una noche de verano a la luz de una farola.
Todas las mañanas baja rápido por las callejas que dan al puerto, con catorce años todavía no hay otra afición en su vida que navegar. Y su pequeña barquita era la envidia de todos, “La peregrina”, una pequeña vela, y el nombre pintado en la popa con letras rojas, ya descoloridas por el salitre y el sol marinero.
Aquella mañana el viento soplaba fuerte desde la punta del faro, y si hubiera escuchado a su abuelo, no habría salido a la mar, si las palabras dichas por el viejo anciano hubieran sido escuchadas, si no se hubieran muerto detrás de la puerta vieja, si no hubieran salido de una garganta cansada, entonces a lo mejor Jan habría pasado esa mañana reparando las viejas redes en el muelle.
Si esa mañana Jan se hubiera quedado en tierra a lo mejor ahora no estaría acompañando a su madre a lanzar una corona al mar, hoy Jan sería un hombre de casi cuarenta años, y yo no guardaría un trozo de “La peregrina” , el único que escupió el mar, una letra roja, una erre que desde hace casi venticinco años se va deshaciendo, en mis manos.
Pero esa mañana Jan se hizo a la mar en su pequeña barca marinera. y tres horas más tarde, un quejido seco se oyó en la estancia, el abuelo rompió a llorar al mirar al horizonte, la tormenta ya debía estar encima de Jan.
En el pecho del viejo marinero un lamento rompió en dos, mientras su nieto era tragado por un mar traicionero.
“¿Puedes definir en sólo una frase el significado de placer?” pregunta el extranjero con un acento complejo de comprender y de imitar.
“Ah”, abre la boca Gustavo para contestar, “para mi el significado de placer es tanto como disfrutar de un instante de pasión con algo que me agrada. Por ejemplo escuchar a Rimsky Korsakov mientras me afeito”. Mayte interviene para preguntar si este Korsakov es algún locutor nuevo de la radio.
Gustavo no dice nada pero le lanza una mirada reprobatoria. El extranjero sin embargo no parece satisfecho con la definición de Gustavo. Mayte más práctica le dice, “para mi placer es acostarme con Gustavo a la hora de la siesta, en una tarde de primavera”.
Gustavo se azora y levanta la vista para encontrarse con una Mayte que le devuelve la mirada con unos ojitos picaros, como diciendo que cuando el extranjero termine el estúpido questionario, ambos tendrán que desabrochar botones y abrir cremalleras. El extranjero se da cuenta y emprende el camino de la puerta de salida, despidiéndose con gestos exagerados para demostrar que no quiere molestar.
En cuanto la puerta se cierra, Gustavo corre hasta la ventana y dejandola abierta, baja la persiana, luego rápido hasta la cadena de alta fidelidad, y en la sala empieza a sonar el primer movimiento de Scherezade, se acerca a Mayte y después de besarla, le dice “este es Korsakov”. Mayte con la mano bajo la camisa de Gustavo afirma “cosita linda este locutor”.
Ahora Gustavo está seguro, tiene que revisar su definición de placer.
Si te levantas tarde, no tienes tiempo para nada más que un colacao con tres galletas rancias antes de una ducha rápida.
Y no porque este domingo sea diferente a los cientos de domingos que has vivido en tu vida, quizás mas solitario, te acuerdas cuando tenías diez años y siempre habia una fuente de churros recientes y chocolate caliente, y recuerdas los domingos de resaca con la luz colándose por las rendijas de una persiana mal bajada.
Pero este domingo en cierta forma es distinto, cuando bajas a la calle no hay mucha gente, pero parece normal en un día como éste, además la lluvia seguro que ha hecho desistir a más de uno, no a ti que llevas un impermeable, pero que más da que llueva.
Cuando llegues en el autobús al centro, seguro que el conductor para un poco más cerca de la acera para que el charco no te moleste.
Si te apetece una cerveza no tienes que entrar en un bar, cualquier bar, hoy la cerveza te sabrá bien, y la tapa que incluye una consumición sera de tu agrado. Nadie te empuja en la barra, y alguien olvida su periódico en una mesa y lo puedes leer tranquilo. Aunque llueva la temperatura es agradable, como todo lo que rodea a este domingo.
Y cuando llegues a casa, y porque te has olvidado el móvil, comprobarás una llamada perdida y un mensaje diciendo que te echa de menos. Y lo más imporante es que no la vas a llamar, la vas a dejar pensando que pasa contigo.
Hoy este domingo es solo para ti, abres la ventana y dejas que la lluvia te salpique la cara, abre una botella de vino que guardabas para un día especial y dejas que caiga desde tu paladar a tu estómago. Hoy solo importa el momento, el presente y da lo mismo que mañana sea otro lunes de mierda.
Cuentas los minutos que te separan, tic tac, cuentas los segundos tic tac y esperas, miras el reloj, te desesperas, quieres saltar, moverte, llegar, pero estas encadenado al tic tac.
No sabes dónde ir, necesitas que ese avión salga, pero el monitor se mantiene imperturbable a tu ansiedad, continua anunciando que el avión no saldrá, que está retrasado, las caras de ansiedad contagiosa te rodean, una familia, un ejecutivo con corbata, dos jubilados, una excursión de boy scouts, todos mirando el monitor y a la azafata, pero ambos no dan, no quieren dar respuesta.
¿Está perdido señor? me dice una niña, claro que no responde la madre, está esperando como nosotros. El resto de aviones sigue saliendo, el nuestro no, se niega a llegar, se mantiene indiferente a nuestras súplicas. Llueve en Rio, y la tormenta ha retrasado nuestro avión.
Me llamas y me preguntas porque todavía no he llegado y la excusa de que llueve en Rio no te ha convencido, a mi tampoco, pero tú puedes moverte, marcharte, irte, esfumarte, desaparecer, pero yo no, yo sigo encadenado en la terminal a un avión que no llega.
Una azafata de tierra nos confirma al fin que el avión no saldrá hoy, que el retraso hace que posponga la salida hasta mañana.
Hoy tenía que volar para conocer a tus padres en una cena, y una tormenta en Rio a más de 14.000 km de distancia, me lo ha impedido, te juro que no era falta de ganas.
Luna González se viste para ir a la boda, desecha los zapatos planos aunque eso le suponga a Jaime mirarla desde abajo, el vestido deja ver sus hombros pecosos y ligeramente tostados por el sol de primavera. Antes de salir se retoca por última vez delante del espejo, y se mira, y se ve francamente atractiva, a sus cuarenta, bueno en realidad a sus cuarenta y tres, pero con un guiño le pide que le guarde al espejito mágico ese pequeño secreto.
El taxi llega puntualmente a las 17.40, sólo un cuarto de hora tarde, y Luna entra con cuidado de no arrugar el vestido, el trayecto es corto, no más de quince minutos hasta el ayuntamiento, pero esos quince minutos le dan tiempo a regresar diez años atras, cuando ella iba a casarse con Jaime en una tarde de verano, pero luego cuando llego el verano ambos decidieron que era mejor abandonar el proyecto de pareja. Hoy Jaime se casa con Ana.
La puerta del ayuntamiento esta llena de familiares que alborotan, niños vestido como pequeños enanos de traje, mujeres con colores imposibles y hombre sudorosos con corbatas apretadas. El taxista sonrie y comenta, “al final ha llegado a tiempo”, Luna le mira y entre dientes dice “sólo que diez años tarde”.
Esta noche Luna será la mujer más guapa de la boda, y eso la hace sentir invencible y sabe que cada mirada fulminante de Ana la recargará de energia, aunque como venganza la haya sentado en la mesa de los desterrados, cerca de los primos revoltosos y los niños.
La ciudad no duerme, y sus habitantes tampoco, algunos dormitan, se tumban en sus camas, otros se mueven culebreando por los oscuros callejones hasta caer en algún montón de basura. Miran con sus ojos vacios, hacia cielos de noches eternas, sangran por heridas que brotan de la nada, no sueñan, no viven, sólo caminan.
Paso a su lado, intentando no ser como ellos, habitante infiel de esta puta ciudad, escondiéndome, ocultandome de una luna podrida, una luna que nunca cambia de forma, que no es más que un viejo y amargo gajo de mandarina. Paro en cada semaforo esperando que el cambio de luz,rojo-verde-rojo, me insufle un aliento de vida. No pasan ya coches, no hay nadie que espere ninguna parada de autobús.
Pelo ralo, uñas sucias, piel ajada, en una ciudad sin espejos es casi lo mismo, en una ciudad de ciegos se convierte en casi igual. Mi cuerpo cree que tiene frio, mi boca castañea, y los oídos me duelen, me sangran con una sangre oscura, viscosa, los carteles no indican nada.
La ciudad no duerme, y su corazón late despacio, descompasado, como una vieja caja de ritmo. Digamos no, que no puedo respirar, no me llega aire a los pulmones, la presión y el miedo me oprime la caja torácica.
Miro el suelo y veo correr una rata albina que se para y me mira con sus ojos rojos, mordisquea mis pies y a lo lejos un buho ulula, grita, se desgañita y se desespera por una noche eterna en una ciudad que no duerme, no duerme hasta que muera.
人も惜し
人も恨めし
あぢきなく
世を思ふゆゑに
もの思ふ身は
“Sufro por la pena de algunos hombres, otros me odian a mi, este desdichado mundo es para mi, y lo digo con toda mi tristeza, un lugar de miseria”
Emperador Gotoba, hace más de mil años.
Hoy la tristeza se me pega a las paredes del estómago y me aprieta, me ahoga, me hace vomitar. Me estalla la cabeza, me duele el alma. El corazón se me encoge y late despacio, sin ritmo. Las manos me tiemblan, sudan y tú enfrente sin darte ni cuenta, tú solamente quieres hablar de ti, de lo sola que te sientes, de amores imposibles.
Las piernas me duelen, calambrean, se sienten incapaces de sostener el peso de mi cuerpo doblado, de mis sentidos abotargados, las lágrimas caen sobre el suelo de pizarra gris.
Pero me levanto a duras penas de la silla, con una rabieta desmemoriada, con la pena escondida. Esta noche me ya voy a dormir, esta noche recojo las penas y las escondo, por hoy no quiero sentir más tristeza, pero antes miro al cielo y sonrío. Esta noche y solo por esta noche, mi corazón se irá a dormir feliz, contento.
Soy incapaz de reconocer la felicidad, pero creo que a veces tú y yo debimos estar bastante cerca de tener algún momento verdaderamente feliz, que ahora desgrano y tejo en las agujas del tiempo.
Hoy estuve cerca del faro paseando por la playa, despues de la lluvia, la arena está suave, húmeda y me encanta esperar que anochezca y ver como se oculta el sol. Esperaba encontrarte, como todos los días, aunque sé que nunca pasará todos los domingos te busco, o a lo mejor solo me busco a mi mismo.
No tenemos más tiempo, es una locura, dedicar tu tiempo a recordarme, a preguntarme, a terminar tus cartas con un “cuidate, vale y sigue adelante”.
Dejame que siga parado mientras el mundo avanza a mi alrededor, dejame ser un instante feliz añorando, dejame que me siente en la playa y espere que las estrellas o la brisa primaveral me traiga un recuerdo o una añoranza de ti.
Mi otra vida, dejame que la viva cuando esté preparado, te intentaré ser totalmente sincero, no quiero olvidarme de ti, y no quiero seguir adelante, al menos hasta que yo decida, dejame que pierda mi tiempo, dejame volver a empezar, cuando yo quiera.
Es un trato bueno.