Un cielo azul sin nubes, ambos pedalearon cuesta abajo, a él le costaba más mantener el equilibrio en la bicicleta, ella parecía desde los ocho años nunca había bajado de esa vieja bicicleta que ahora conducía.

Las calles simulaban ser todas iguales, no había casi gente por caminando a esta hora del mediodía, sólo ellos dos, dos extranjeros paseando por un pueblo marroquí en las faldas del Atlas. Nadie dice nada, ni siquiera entre ellos son capaces de establecer una conversación, no quieren romper el encanto del momento, o acaso no tienen nada que decirse.

A la salida de pueblo, un perro les acompaña corriendo al lado durante unos cientos de metros, hasta que se aburre de seguirles. A la derecha unas mujeres lavan en la ribera del río, las margaritas crecen desde el río hasta la carretera. Ella le hace un gesto y ambos paran en el arcén, él le acerca un paquete de cigarrillos y ella lo rechaza con un mohín, no lleva todo el día haciendo ejercicio para ahogar sus pulmones ahora. El sol está en los más alto, y aunque sólo es primavera el calor empieza a ser insoportable.

Ambos se tumban en el campo de margaritas, él intenta acercar su brazo al torso de ella, pero ella le rechaza con delicadeza, los centímetros que les separan son casi una sima abisal. Él musita una protesta pero sabe que ella tiene razón, no tiene sentir acercar su cuerpos ahora que han separado sus vidas.

Una garza real les sobrevuela y durante un instante la sombra une a ambos. Ella comienza a hablar mirando al cielo, palabras que se quedan suspendidas un instante antes de caer, encima de él, encima de ambos. Esas palabras suenan a fin, a término, a telón caido.

Ambos están agotados, hartos, hastiados, de montar en bicicleta, del polvo del camino, del sol pegajoso, de ellos de la barrera que hace meses o quizas años se interpone entre ambos y que les impide ser felices, aunque sea una vez, aunque sea por hoy. Ella se queda dormida, con la cabeza ladeada mirando al río, le duele la mente, los pensamientos. 
El sin embargo se incorpora y se encamina hacia el río, le separa cincuenta metros de ella, pero sentado en la orilla con los pies descalzos, desde allí la puede mirar tranquilamente.

Sigue siendo una mujer atractiva, y ahora entre el manto de margaritas y a los pies de las montañas y con el sol en todo alta, luce más hermosa. Tanto que el hombre piensa que ahora debería llorar, pero únicamente respira hondo, aguantado la bocanada de aíre capturada como si fuera la última porción de aíre que queda en el universo.

Moja su pañuelo en el agua fresca del río, y se refresca el cuello. Ahora sabe que cuando ambos se incorporen y regresen por el camino polvoriento, la complicidad perdida no volverá, aunque pedaleen pegados mil kilómetros, o por todo el desierto durante cien lunas, lo que hubo no volverá. Ella se despereza e incorporada sujeta la bicicleta y le hace un gesto al hombre para que ambos continuen recorriendo el camino que le lleva al olvido, entre las montañas y entre los recuerdos.