¿Es que no te das cuenta de nada?- pregunta ella con los labios manchados con espuma de cerveza. A las siete de la tarde la cerveza sabe mejor y más si es a su lado.
Si la primera vez le hubiera preguntado por el sentido de su afirmación , seguro que me lo hubiera aclarado con una sonrisa, pero tuve miedo de saber la respuesta, de bromas no nacidas y dejé pasar la pregunta con una mueca de extrañeza, mientras sorbía el último trago de mi bebida.
La miré otra vez, mientras el sol se ocultaba a las espaldas de su pelo, ese reflejo dorado la hacía aparecer más hermosa, más deseable pero a la vez extrañamente lejana, como una vestal romana. Pequeñas gotitas de sudor se deslizaban poco a poco su cuello haciéndola más humana.
Ella continuaba hablando pero yo no podía dejar de mirar, su cara, las aletas de su nariz abriéndose y cerrandose, sus dientes, los lobulos de las orejas, lentamente deconstruía su rostro en pequeñas porciones y lo volvía a armar hasta convertirla en un rostro desconocido para mi, como sí cada segundo que la miraba fuera una nueva persona para mi.
¿No me escuchas?- se empieza a impacientar, mientras mordisquea una patata frita, podría estar mirándola toda una vida o un momento más.
El aire vespertino se levanta de repente, y el vello de sus brazos se eriza suave, no puede evitar fijarme en pequeñas cosas, en como sería la vida si todo se concentrara en unos pequeños instantes, si estos momentos que paso a su lado duraran siempre. Sí se diera cuenta por una vez que la quiero, y que pasar cualquier rato a su lado es maravilloso.
Ella se levanta y se despide con un beso en la mejilla, mientras la veo alejarse por la avenida abrazada por cualquier desconocido del que se ha enamorado, me doy cuenta que es verdad, que no me entero de nada.