Decirte las palabras al oído, saltar de la cama en pijama para desayunar a tu lado, sonreir a los turistas que nos preguntan una y otra vez por donde se va a la catedral, abrazarnos debajo del toldo de una panadería, mientras el olor a pan caliente se mezcla en el aire con el olor fresco de tu cuerpo.

Decirte que siento, aunque te rías, aunque me vuelvas a decir que nunca habrá una oportunidad de estar a tu lado, aunque de vuelta a la realidad el dolor del golpe que me has dado dure una semana. Y decirte a voz en grito y sin miedo.  Decirte que te quiero, decirte que te añoro, decirtelo tantas veces que las palabras salgan a borbotones por mi boca, como un torrente fresco, que rompe esclusas, que no se para hasta llegar al mar.

El mar tranquilo, el mar sereno, el mar de las doce de la noche cuando la oscuridad confunde el color de las salinas. Sin ruido, sólo el latido de mi corazón, tenso, nervioso, dos segundos antes de decirte al oido lo que siento.