Hoy ha amanecido con un cielo plomizo, pequeñas gotas de agua juegan a escaparse de las nubes. Parece que la primavera ha llegado en forma de lluvia impertinente en esta parte de la campiña bretona.

Desde la ventana y hasta donde me llega la vista, estas gotas convertidas en lágrimas resbalan por las copas de los árboles, por el suelo arcilloso, por las carreteras sin nombre, por los caminos  llegando hasta mis ojos que las reciben como algo habitual.

Un fin de semana como este puede durar toda una vida o apenas unos instantes, sólo depende de los recuerdos que te llevas contigo.

El frío y la humedad me calan los huesos, y se adhieren a las entrañas como un molesto compañero de viaje. Hoy siento tristeza, siento la tristeza del que reconoce que un año más sigue lejos del objetivo vital que se había marcado. Es un año más y paradójicamente es un año menos, un año menos que suma en la lista de viejos años perdidos, abandonados en el trastero de ilusiones.

Si ahora mismo recorriera el pequeño camino que me separa del espejo descubriría la triste imagen, la patetica copia de mi, despojada de cualquier tipo de encanto, de atractivo, sola y desnuda.

Fuera sigue lloviendo y hoy ,ahora y durante este día de cumpleaños, seguro que las lágrimas brotarán sin cesar, como un lento exorcismo que me acompañará hoy para quemar estas penas que me atrapan.