Entré de repente, y una atmosfera pegajosa me golpeó el olfato, el humo y una mezcla de olor a madera y a cerveza rancia llenaba el ambiente. Me abrí paso entre la gente que llenaba el bar y llegué a la barra, pedí una cerveza y el camarero llenó una jarra vieja con un liquido ambarino que parecía y olía a cerveza, pero que sabía a una mezcla de agua y oxido.

Era imposible que si la desconocida abría la puerta decidiera quedarse. Pasaron unos interminables quince minutos, el murmullo de voces ahogaba una interpretación de Vlasta Pruchová, la dama checa del jazz, el local estaba lleno de fotos antiguas en blanco y negro, las paredes de madera, el suelo de madera, la barra de madera, los camareros como figurantes de madera.

De repente la puerta se abrió y ella entró, ya eramos complices en un pequeño bar perdido de Praga, ella estaba distraida como ausente, se encaminó hacia mi dirección pero sin reparar en mi. El amor no es algo que podamos elegir, y las casualidades están puestan en nuestro camino para reafirmar que nuestro libre albedrío no es una mera ilusión.

Me había prometido que si ella entraba en el mismo bar, me acercaría a ella e intentaría conversar con ella, pero ahora era real, no era una simple prueba que mi mente jugaba a realizar. Estaba a la distancia de un brazo, de un llamado a media voz, de una mirada inquisitoria.

La miré, me miró, levanté la copa en forma de brindis lo que me hizo sentir más estupido todavía. Ella se acercó y me pregunto en inglés si conocía otro lugar, donde pudieran conversar dos personas, donde sentirse bien.

Sí, respondí - El Filska Poloni, tres calles más abajo- Ella sonrió y dijo en un susurro -¿vamos?.

Cuando salimos por la calle, la lluvia había vuelto y caía por la calle empedrada, se abrazó y compartimos su paraguas, camino del Filska Poloni. Deseaba que el bar siguiera existiendo, y que los cocteles de champan siguieran acariciando mi garganta.

Volví a abrir los ojos, la música de la Pruchova seguía flotando en el ambiente. La cerveza estaba todavía a medio acabar y ella no había entrado. Mi cabeza me había hecho imaginar que la bella desconocida del puente de Carlos entraba en el bar y se dirigía a mi. Esa mujer, nunca entraría en un bar como este. Pagué la cerveza, me apetecía disfrutar de un rato del aire puro y el sabor anticipado del champan relamía entre mis labios.