El Retorno de los espumosos…

Los espumosos regresan…con menos sex y más city que nunca

Archive for April, 2008

El camino que lleva al olvido

Un cielo azul sin nubes, ambos pedalearon cuesta abajo, a él le costaba más mantener el equilibrio en la bicicleta, ella parecía desde los ocho años nunca había bajado de esa vieja bicicleta que ahora conducía.

Las calles simulaban ser todas iguales, no había casi gente por caminando a esta hora del mediodía, sólo ellos dos, dos extranjeros paseando por un pueblo marroquí en las faldas del Atlas. Nadie dice nada, ni siquiera entre ellos son capaces de establecer una conversación, no quieren romper el encanto del momento, o acaso no tienen nada que decirse.

A la salida de pueblo, un perro les acompaña corriendo al lado durante unos cientos de metros, hasta que se aburre de seguirles. A la derecha unas mujeres lavan en la ribera del río, las margaritas crecen desde el río hasta la carretera. Ella le hace un gesto y ambos paran en el arcén, él le acerca un paquete de cigarrillos y ella lo rechaza con un mohín, no lleva todo el día haciendo ejercicio para ahogar sus pulmones ahora. El sol está en los más alto, y aunque sólo es primavera el calor empieza a ser insoportable.

Ambos se tumban en el campo de margaritas, él intenta acercar su brazo al torso de ella, pero ella le rechaza con delicadeza, los centímetros que les separan son casi una sima abisal. Él musita una protesta pero sabe que ella tiene razón, no tiene sentir acercar su cuerpos ahora que han separado sus vidas.

Una garza real les sobrevuela y durante un instante la sombra une a ambos. Ella comienza a hablar mirando al cielo, palabras que se quedan suspendidas un instante antes de caer, encima de él, encima de ambos. Esas palabras suenan a fin, a término, a telón caido.

Ambos están agotados, hartos, hastiados, de montar en bicicleta, del polvo del camino, del sol pegajoso, de ellos de la barrera que hace meses o quizas años se interpone entre ambos y que les impide ser felices, aunque sea una vez, aunque sea por hoy. Ella se queda dormida, con la cabeza ladeada mirando al río, le duele la mente, los pensamientos. 
El sin embargo se incorpora y se encamina hacia el río, le separa cincuenta metros de ella, pero sentado en la orilla con los pies descalzos, desde allí la puede mirar tranquilamente.

Sigue siendo una mujer atractiva, y ahora entre el manto de margaritas y a los pies de las montañas y con el sol en todo alta, luce más hermosa. Tanto que el hombre piensa que ahora debería llorar, pero únicamente respira hondo, aguantado la bocanada de aíre capturada como si fuera la última porción de aíre que queda en el universo.

Moja su pañuelo en el agua fresca del río, y se refresca el cuello. Ahora sabe que cuando ambos se incorporen y regresen por el camino polvoriento, la complicidad perdida no volverá, aunque pedaleen pegados mil kilómetros, o por todo el desierto durante cien lunas, lo que hubo no volverá. Ella se despereza e incorporada sujeta la bicicleta y le hace un gesto al hombre para que ambos continuen recorriendo el camino que le lleva al olvido, entre las montañas y entre los recuerdos.

un instante

¿Es que no te das cuenta de nada?- pregunta ella con los labios manchados con espuma de cerveza. A las siete de la tarde la cerveza sabe mejor y más si es a su lado.

Si la primera vez le hubiera preguntado por el sentido de su afirmación , seguro que me lo hubiera aclarado con una sonrisa, pero tuve miedo de saber la respuesta, de bromas no nacidas  y dejé pasar la pregunta con una mueca de extrañeza, mientras sorbía el último trago de mi bebida.

La miré otra vez, mientras el sol se ocultaba a las espaldas de su pelo, ese reflejo dorado la hacía aparecer más hermosa, más deseable pero a la vez extrañamente lejana, como una vestal romana. Pequeñas gotitas de sudor se deslizaban poco a poco su cuello haciéndola más humana.

Ella continuaba hablando pero yo no podía dejar de mirar, su cara, las aletas de su nariz abriéndose y cerrandose, sus dientes, los lobulos de las orejas, lentamente deconstruía su rostro en pequeñas porciones y lo volvía a armar hasta convertirla en un rostro desconocido para mi, como sí cada segundo que la miraba fuera una nueva persona para mi.

¿No me escuchas?- se empieza a impacientar, mientras mordisquea una patata frita, podría estar mirándola toda una vida o un momento más.

El aire vespertino se levanta de repente, y el vello de sus brazos se eriza suave, no puede evitar fijarme en pequeñas cosas, en como sería la vida si todo se concentrara en unos pequeños instantes, si estos momentos que paso a su lado duraran siempre. Sí se diera cuenta por una vez que la quiero, y que pasar cualquier rato a su lado es maravilloso.

Ella se levanta y se despide con un beso en la mejilla, mientras la veo alejarse por la avenida abrazada por cualquier desconocido del que se ha enamorado, me doy cuenta que es verdad, que no me entero de nada.

Corporal

Ambos se gritan durante el desayuno, y se marcha sin tomar el café frío, el sol está escondido entre las nubes y el tráfico es imposible por la avenida central de una ciudad con nombre propio.

Durante el día entero un nudo se ha ido formando en su estómago, por la tarde mientras se acerca la hora de llegar a casa ese nudo ocupa todo su tronco, haciendo que el corazón lata descompasado. Cuando llega a casa el silencio se mastica, la cocina brilla inmaculada, y no hay un rastro perceptible de ella, salvo en el dormitorio, encima de la cama esta la ropa de ella, y el rumor del agua le indica que ella está en el baño, abre la puerta y entre la niebla del vapor de agua caliente, susurra una disculpa, aunque no sabe si fue él el que debe disculparse o él que inició la discursión, pero ahora se da igual, lo único que quiere es que el nudo que le atenaza desaparezca de su cuerpo.

Ella sale del baño con la piel escurridiza de aceite corporal y un kimono que ella deja caer enfrente de él, y contempla el cuerpo desnudo y menudo de ella.

El hombre no desea hacer el amor, mientras lejos suenan unas guitarras flamecas, quiere sentir la sensación placentera de reposar su cabeza sobre el pecho de la mujer. Quiere cerrar los ojos y escuchar el corazón de la mujer acompasado al ritmo, quiere que sus oídos sean una caracola que oye el mar a lo lejos.
 
Pero todo eso no se lo dice a la mujer, no quiere que piense que no la encuentra atractiva, quizás ella ya sabe que él no la encuentra atractiva. Quizás ya ambos lo saben, pero hacen el amor y luego comen a medias un plato de espaguetis y una copa de vino.

No tiene ganas de quedarse dormido, pero se duerme rápido y sueña, sueña con un cuerpo de mujer que se abraza.

Con ella camina por una ciudad con nombre propio, pero que en los sueños aparece llena de barrios imaginarios, de calles que no existen, de parques misteriosos.  El sueña con las rodillas redondeadas de ellas, sueña su pecho, la abraza. En el periodo que une la vigilia y sueño, la oye canturrear, y él pegado a su cuerpo, nota el ritmo del cuerpo de ella convertido en caja de resonancia, sabe que si esta situación placentera se estira ambos serán felices sin necesidad de decirse nada.

Decirte las palabras al oido

Decirte las palabras al oído, saltar de la cama en pijama para desayunar a tu lado, sonreir a los turistas que nos preguntan una y otra vez por donde se va a la catedral, abrazarnos debajo del toldo de una panadería, mientras el olor a pan caliente se mezcla en el aire con el olor fresco de tu cuerpo.

Decirte que siento, aunque te rías, aunque me vuelvas a decir que nunca habrá una oportunidad de estar a tu lado, aunque de vuelta a la realidad el dolor del golpe que me has dado dure una semana. Y decirte a voz en grito y sin miedo.  Decirte que te quiero, decirte que te añoro, decirtelo tantas veces que las palabras salgan a borbotones por mi boca, como un torrente fresco, que rompe esclusas, que no se para hasta llegar al mar.

El mar tranquilo, el mar sereno, el mar de las doce de la noche cuando la oscuridad confunde el color de las salinas. Sin ruido, sólo el latido de mi corazón, tenso, nervioso, dos segundos antes de decirte al oido lo que siento.

Mi cumpleaños, 39 años

Hoy ha amanecido con un cielo plomizo, pequeñas gotas de agua juegan a escaparse de las nubes. Parece que la primavera ha llegado en forma de lluvia impertinente en esta parte de la campiña bretona.

Desde la ventana y hasta donde me llega la vista, estas gotas convertidas en lágrimas resbalan por las copas de los árboles, por el suelo arcilloso, por las carreteras sin nombre, por los caminos  llegando hasta mis ojos que las reciben como algo habitual.

Un fin de semana como este puede durar toda una vida o apenas unos instantes, sólo depende de los recuerdos que te llevas contigo.

El frío y la humedad me calan los huesos, y se adhieren a las entrañas como un molesto compañero de viaje. Hoy siento tristeza, siento la tristeza del que reconoce que un año más sigue lejos del objetivo vital que se había marcado. Es un año más y paradójicamente es un año menos, un año menos que suma en la lista de viejos años perdidos, abandonados en el trastero de ilusiones.

Si ahora mismo recorriera el pequeño camino que me separa del espejo descubriría la triste imagen, la patetica copia de mi, despojada de cualquier tipo de encanto, de atractivo, sola y desnuda.

Fuera sigue lloviendo y hoy ,ahora y durante este día de cumpleaños, seguro que las lágrimas brotarán sin cesar, como un lento exorcismo que me acompañará hoy para quemar estas penas que me atrapan.

inexpresivo silente

Parado, harto, inmovil, sin ganas…mira por la ventana y no hay nadie, ni nada… la ciudad se ha convertido en una masa sucia, viscosa, sin edificios, ni gente…la taza de té está fría, asquerosamente fría…

La cama esta desordenada y húmeda, el mundo se ha transformado en la última hora y media, el tiempo que ha permanecido inexpresivo silente, mientras las goteras inundan la habitación, lo que ayer pareció hermoso hoy se ha vuelto asqueroso.

Tristeza y soledad en un solo lugar, respirando pesar en cada mirada y sintiendo miedo por no volver a tenerla. Las paredes recordaban que el frío no debería volver a aterrarle, pero la distancia y el no saberme cerca de ella le generaban una cierta sensación de incomodidad, quizás pasajera, quizás perenne, pero que no sabía explicar con palabras, el sentimiento de no tenerla con él le dolía en la barriga, no en el corazón.

Cuatro noches permaneció así acurrucado en el fondo de la estancia sin atreverse a salir, postrado por su propia inseguridad y el temor de enfrentarse al resto del mundo.

La quinta noche, una voz le habló en sueños, “Te queda tanto por vivir amigo, no debes quedarte así”. A la mañana siguiente recordó vagamente la sensación de bienestar que le producía el despertar cuando era pequeño, y olía a pan caliente y a café recién hecho.

El sexto día se atrevió a mirar por la ventana, durante unos breves segundos, y vio que nada había cambiado, la calle estaba en el mismo lugar y la gente paseaba sin prisa por el bulevar.

Esa tarde se decidió a salir, lentamente se incorporó y esperó a que el reloj marcara las seis para salir. El abrigo y su sombrero seguían en la percha, los zapatos estaban sucios pero daba igual. Se calzó lentamente el zapato derecho.

Bajó por las escaleras, rápido casi sin resuello mientras esperaba que nadie pudiera reconocerle. Nadie en absoluto.

Llegó a la calle, abrió el portal y se decidió gritó fuerte tanto que todos le miraron…”Me queda tanto por vivir, que no debo quedarme así”.

-¿Mamá por que grita ese señor, y por qué le falta una pierna? Preguntó un niño mirando insistentemente a su madre, ella sonrió con vergüenza y compromiso a Etien. Él la sonrió como diciendo “no pasa nada”, Ahora ya no le dolía la barriga, sólo el muñon.

El otro lado del muro

Al otro lado del muro la hierba siempre crece más alta, más fresca y más verde que a este lado del jardín, o al menos eso es lo que siempre me dijeron, porque nunca he sentido la necesidad mirar al otro lado. Siempre me quedé en este lado, hasta ahora.

Por el camino hacia el Filska iba pensando que muchas veces antes me debería haber atrevido a cruzar ese muro imaginario. La lluvia volvía a caer con fuerza, mientras la noche caía sobre la ciudad, me resguardé en un portal, y rebusqué en mis bolsillos buscando un cigarrillo pero recordé que mi último pitillo se lo había dado a mi compañero de cervezas en el bar.

La verdad es que estaba muy cansado, y me habia escapado de mi vida, había cruzado el muro y la hierba era igual, no era ni más verde ni más fresca. Era tarde por hoy, la humedad me subía por los pies, y el cansancio de tanto años me hacía mella ahora, esta noche no iba a tomar otra cerveza. Paré un taxi y me encaminé al hotel. Mientras subía por la calle Petrinska miré las luces del Filska, otra noche sería, en realidad no tenía otra cosa que hacer que dormir hasta tarde y tomar cerveza, ese era mi plan al menos para las próximas dos semanas.

Filska Poloni

Entré de repente, y una atmosfera pegajosa me golpeó el olfato, el humo y una mezcla de olor a madera y a cerveza rancia llenaba el ambiente. Me abrí paso entre la gente que llenaba el bar y llegué a la barra, pedí una cerveza y el camarero llenó una jarra vieja con un liquido ambarino que parecía y olía a cerveza, pero que sabía a una mezcla de agua y oxido.

Era imposible que si la desconocida abría la puerta decidiera quedarse. Pasaron unos interminables quince minutos, el murmullo de voces ahogaba una interpretación de Vlasta Pruchová, la dama checa del jazz, el local estaba lleno de fotos antiguas en blanco y negro, las paredes de madera, el suelo de madera, la barra de madera, los camareros como figurantes de madera.

De repente la puerta se abrió y ella entró, ya eramos complices en un pequeño bar perdido de Praga, ella estaba distraida como ausente, se encaminó hacia mi dirección pero sin reparar en mi. El amor no es algo que podamos elegir, y las casualidades están puestan en nuestro camino para reafirmar que nuestro libre albedrío no es una mera ilusión.

Me había prometido que si ella entraba en el mismo bar, me acercaría a ella e intentaría conversar con ella, pero ahora era real, no era una simple prueba que mi mente jugaba a realizar. Estaba a la distancia de un brazo, de un llamado a media voz, de una mirada inquisitoria.

La miré, me miró, levanté la copa en forma de brindis lo que me hizo sentir más estupido todavía. Ella se acercó y me pregunto en inglés si conocía otro lugar, donde pudieran conversar dos personas, donde sentirse bien.

Sí, respondí - El Filska Poloni, tres calles más abajo- Ella sonrió y dijo en un susurro -¿vamos?.

Cuando salimos por la calle, la lluvia había vuelto y caía por la calle empedrada, se abrazó y compartimos su paraguas, camino del Filska Poloni. Deseaba que el bar siguiera existiendo, y que los cocteles de champan siguieran acariciando mi garganta.

Volví a abrir los ojos, la música de la Pruchova seguía flotando en el ambiente. La cerveza estaba todavía a medio acabar y ella no había entrado. Mi cabeza me había hecho imaginar que la bella desconocida del puente de Carlos entraba en el bar y se dirigía a mi. Esa mujer, nunca entraría en un bar como este. Pagué la cerveza, me apetecía disfrutar de un rato del aire puro y el sabor anticipado del champan relamía entre mis labios.

Entre Rennes y Saint Maló

Frío y lluvía mientras nos acercamos por la carretera que une Rennes y Saint Maló, a lo lejos una vaca de la raza de las frisonas pasta en un campo cercano.

Por este camino te besé y por primera vez desde hace tanto años, nuestros labios se acercaron y se fundieron en uno solo. Entonces el frío ya no me importó y la lluvía que me empapaba no molestaba. A tu lado estas cosas ya no tenían importancia.

Sólo tú, yo y el mar, la marea y el barro que se queda cuando el mar se retira. Sólo tú y yo, y la tristeza que se  queda cuando tú te marchas.

Ahora, diez años más tarde, por el mismo camino, con el mismo hombre, miras por la ventana empañada y recuerdas ese beso, y seguro que por eso me rodeas con el brazo y reposas tu cabeza en mi hombro, por el camino que nos lleva a St. Maló.

Stuck in the middle with you

Pasé por tu portal cuando la luz de la escalera todavía palidecía encendida y el eco de tus pasos resonaba en los peldaños de madera.

Te fuiste de repente, porque a lo mejor esta noche si te hubiera dicho que te quiero y que se me hace dificil una vida sin ti. Pero como siempre no me he atrevido, como otras cien veces antes, y creo que no me atreveré aunque pasen cien años, aunque fueras la única persona sobre la faz de la tierra. Soy Gilipollas y lo sé, por eso debería esconder estos sentimientos o enterrarlo definitivamente en un sombrío patio en una esquina olvidada.

Hoy pasé delante de tu portal, sólo dos minutos después de que cerraras la puerta cancela , ¡sólo dos minutos después!

Las lágrimas corren a borbotones por las caras de los tontos que se enamoran del amor.

A mi lado un clown borracho ensaya números de equilibrio imaginario, debajo de tu ventana y yo mirando a la luna, sin prestarle atención, soñando que a lo mejor un día por fín me atreva a decirte lo que siento por tí.