Durante cinco minutos se entretuvo moviendo convulsivamente la cucharilla en el sentido de las agujas de reloj, hasta que cualquier resto de azucar del fondo de la taza debió desaparecer. Abrió el periódico en la página treinta y dos, y comenzó a leer mientras sorbía el café frío.

La luz de la tarde, una luz de invierno mortecina se colaba por la ventana,  suficiente para poder distinguir las pequeñas letras del periódico, pero no para poder leer con comodidad. Los últimos rayos se reflejan en un marco de una foto, donde se muestra un retrato de mujer.

Pero no de cualquier mujer, sino de la mujer que hierve acelgas en la cocina, mientras el hombre pasa rápidamente de la página treinta y dos a la cuarenta, saltando la sección entera de deportes, y concentrandose en el tiempo que hace hoy en Oslo. El olor a acelgas hervidas y a aburrimiento se respira en el hogar. La mujer se sienta en una silla y mira por la ventana de la cocina y hacia la calle.

En la calle un coche aparca en doble fila, y se baja un hombre joven. El semaforo pasa del rojo al verde rápidamente sin dar tiempo a cruzar a un anciano con perro.

El hombre se levanta y deja la taza vacia en el fregadero, ella lo mira y cuando pasa a su lado, le roza con la mano en la espalda, y  pregunta “¿Terminaste?”.

El la sonríe y dice, “anda vistete que hoy salimos a pasear”. Ella refunfuña, “¿y las acelgas?”, pero esperando que él la corrija y le diga que las putas acelgas no importan, que tienen que recuperar la pasión perdida, el amor olvidado…

Pero él ya se ha sentado otra vez en el salón, y ha vuelto a abrir el periódico, y con una voz lejana responde ” Tienes razón, lo dejamos para otro día ”