27 Jan
Posted by: Kenzo Tomochu in: Uncategorized

Como el Ulises mitológico, para nuestro protagonista había llegado el momento de volver a Itaca, a su propia Itaca. Cuarenta años encadenado a una mesa de oficina, albaranes, facturas y cuadrar la contabilidad día tras día, ahora ya viejo, cansado y jubilado era el momento de regresar, de volver a casa.
No perdió mucho tiempo en el pequeño piso del centro donde había dormido, comido y soñado durante tanto tiempo. No cogió más que la maleta que había preparado la tarde anterior y cerro la puerta, y detrás quedaron los fantasmas del pasado, los monstruos, los cantos de sirena que durante los quince mil días y sus correspondientes noches le habían acompañado, esos quince mil días que había durado su viaje.
El autobús le acercó hasta la estación, y mientras estaba esperando cubrir la última etapa de su viaje, se recordó a si mismo como el joven guerrero que era cuando llegó a la ciudad, y ahora se veía mayor, no esperaba nada de la vuelta, como durante tantos años no habí esperado nada de la singladura.
Más de seis horas de tren, y casi ya estaba cerca de casa, y ahora ya notaba el olor húmedo en el aire, el aire de la costa, ilusiones e ideales, se mesó la barba blanca, y repasó las arrugas del dorso de su mano con la mirada. Para Ulises Fernández la odisea había llegado a su fin, pero a diferencia del otro Ulises, a él no había ninguna Penélope que le esperara, ninguna corona que colocarse en la sien, y ninguna patria lejana le esperaba con los brazos abiertos.
El apeadero estaba desierto, y estaba anocheciendo en su Itaca local, Ulises respiró profundo y se encaminó por la vereda, había llegado a casa, su casa y esta noche dormiría, descansado, sin pesadillas, por primera vez desde hacía tanto tiempo, al final del camino el retiro, la calma y la paz.
Ulises caminaba con un ritmo cansino, arrastrando los pies, y a lo lejos se oía los chillidos infantiles de unos niños itacanos, que jugaban a la guerra, jugando a ser mayores.
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