06 Jan
Posted by: Kenzo Tomochu in: Uncategorized
Y empecé a escribir sin saber muy bien que quería decir, y ella me miraba entre divertida y expectante, le había prometido que al final del día tendría un cuento para ella. Con esa simple promesa la había mantenido durante este día a mi lado, como si se hubieran intercambiado los papeles y yo fuera una moderna Scherezade.
El día tocaba a su fin y sólo había sido capaz de escribir una historia de un mono que adoraba el jazz y un elefante con aspiraciones de bailarín. Ella se río y me pidió que siguiera, nos sentamos en el suelo, y ella se acurrucó entre mis piernas, mientras yo miraba la cuartilla garabateada.
Bob el elefante, soñaba con poder bailar y todas las mañanas se levantaba antes de salir el sol, e intentaba sentir bajo sus pies, el ritmo. Pero era incapaz, no sentía el ritmo, y no sabía porqué sus pies se negaban a seguir la música. Y así cada mañana, Bob se vestía lentamente, después de llorar un rato, y se marchaba a trabajar. Cada nueva mañana Bob esperaba que ese fuera el día, el día que sus pies fueran capaz de sentir el ritmo y danzar aunque fuera por unos instantes.
A Arty, el chimpacé le encantaba la música del piano, y miraba sus manos, soñando con algún día con ser capaz de tocar jazz. Sólo una vez lo intentó, y el resultado fue desastroso. Y eso le bloqueó para volverlo a intentar, aunque cada noche soñaba con tocar en un piano una canción de amor.
Pero a Arty le aterraba el ridiculo, y enterró su afición en lo más fondo del corazón, y eso le hizó agriar su caracter, y convertir su antigua bondad, en un cinismo descarnado. Bob, era su mejor amigo, y Arty sabía como Bob se desesperaba cada mañana, pero odíaba la persistencia de Bob, y sobre todo lo odiaba porque sabía que si él hubiera tenido esa misma persistencia a lo mejor de sus dedos hubiera salido una melodía.
Por eso, Arty quería obligar a su amigo a olvidar ese anhelo de bailar, y se le ocurrió que si era capaz de ridiculizarlo en publico, Bob desistiría para siempre de esa tonta afición. Organizó un recital para Bob, y Bob se preparó a conciencia, la tarde del recital, el salon de actos estaba lleno, y Arty pensó que después de esa tarde, Bob sería consciente del ridiculo y pero cuando quedaban pocos minutos, Arty vió la cara de ilusión de su amigo y fue incapaz de seguir adelante. Le contó la verdad, pero fue incapaz de disuadir a Bob, que se encaminó entre bambalinas, mientras la música comenzaba a sonar.
El corazón de Arty sufrió al oír los acordes iniciales y de repente Bob comenzó…
Ahora me dirás como Bob se elevó bailando con dulzura, me sonrió ella. La miré con amor, mientras continuaba la narración…
Nadie vió nunca un elefante bailar, y aquel día no fue una excepción, Bob fue incapaz de sentir el ritmo, y eso que lo intentó, lo intentó hasta extenuación, lo intento aunque la gente se marchó enseguida, lo intentó aunque las lágrimas le tapaban los ojos, y después de varias horas se marchó a casa. Esa noche no durmió por la pena, esa noche se odió mil veces por querer ser un elefante bailarín.
Pero a la mañana siguiente se volvió a incorporar de la cama antes de la salida del sol, y la música volvió a sonar una mañana más. Y los pies de Bob se empeñaron en encontrar un ritmo perdido, y lo que sabe Bob es que mientras haya una mañana más, él lo intentará, no importa cuantas mañanas pasen, ni si nunca lo consigue. Bob siempre sería el elefante que más cerca estará de bailar.
Cuando terminé la besé, con dulzura y pasión, mientras afuera era noche cerrada.
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