
Esta mañana era igual que las trece mil ochocientas sesenta y nueve mañanas que él había vivido antes, el sol lucía razonablemente en el cielo, con apenas un par de nubes en el cielo que le pudieran molestar, el despertador había sonado puntualmente a las 7.30 y ahora la cafetera anunciaba que el café estaba listo.
Se sentó en silencio, como solía hacer en la cocina de azulejo blanco, y miró al fluorescente, y luego un poco más allá hacía la mancha de antigua humedad, y pensó que no estaba mal cumplir 38 años.
Mientras se comía un par de galletas hizo un repaso rápido de su vida, y sobre todo del último año, volvió a mirar la mancha de humedad y recordó el día que la descubrió, apareció el mismo día que ella se marchó, o mejor dicho al día siguiente. Recordó ese día, y cómo le sorprendió que su única compañía fuera una mancha de humedad recién aparecida, y como le contó todo lo que no fue capaz de contarle a ella, quizás por cobardía, quizás por miedo. En los siguientes días se fue convirtiendo en un hábito, una especie de terapia hablarle a la mancha, contarle que tal el día anterior, sus últimas intimidades, sus anhelos frustados, y sobre todo los recuerdos de ella.
Terminó una tercera galleta, ya hacía más de tres o cuatro meses que no hablaba con la mancha, pero esta mañana, sólo porque cumplía años se sentía en la necesidad charlar otra vez con la mancha. Pero sorprendentemente un ataque de tímidez o un acendrado sentido del rídiculo le impedía artícular palabra, no era capaz de abrir la boca para charlar otra vez con esa especie de vieja amiga.
Pero lo que más le sorprendió, fue escuchar la voz clara y argentina de la mancha diciendole “Feliz cumpleaños, corazón”.