No volvimos a hablar, desde aquella tarde en el que le dejé la nota en la puerta de su restaurante, el Camomille, y salí huyendo hacía Calais. No volví a saber de ella, hasta ayer.

Su amiga Sabine pasó por Madrid y me llamó para tomar un café, y me contó la parte de historia que me faltaba por conocer. Al terminar el café la tristeza inundaba el ambiente, Sabine se levantó y besándome en la mejilla se alejó por el paseo del Prado. Me quedé durante dos minutos, o quizás fuera un instante, mirando la taza vacia que había dejado Sabine y recordando a Jane.

Mi primer impulso fue llamarla, pero me faltó coraje para apretar la tecla de marcado de mi móvil. Salí a la calle y la niebla me recibió mientras encaminaba mis pasos hacía el Retiro. Mi cabeza me llevaba de un lado a otro y recordaba la última noche en Evreux, antes de que su marido Pierre me pidiera que nos les volviera a ver, antes de mi huida hacia Calais.

Me senté en un banco del parque, una chica que tropezaba era recogida del suelo por un amable patinador, un pato pescaba un trozo de pan en el estanque, y yo hundía mi cabeza entre las manos, mientras mis recuerdos se confundían con la historia de Sabine.

Cuatro años, pasado y presente se mezclaban convulsivamente en mi cabeza, Jane se había divorciado de Pierre, su madre habia cerrado el Camomille, y ella, Jane, se había trasladado a Paris, ya nunca más seria artista, ya nunca más volvería a bailar salsa en el Lolette, y no me preguntes porqué. Ahora tenía que decidir, olvidar que la conocí y no recordar, o ir a verla, ir a Paris.

Volví a casa, y compré un billete de avión para Paris, saldrá mañana, tengo su dirección, e iré a verla, aunque no me reconozca, aunque nunca sepa por qué cuando la vea la besaré la mejilla, necesito verla, por ella, por mi.