
Me preguntaste hace más de 5 años, si odiaba a alguien, si conocía a alguien que su sola presencia me generara tal repulsión que me costara respirar, que mencionar su nombre hiciera que se crisparan mis puños y un sudor frío recorriera mi espalda. En aquel momento no te pude contestar, hoy no tengo que pensar mucho para hacerlo, te respondería sin dudarlo, El Sr. Sorensen, El Sr. Claus R. Sorensen.
Sí, ahora no te sorprendas al escuchar el nombre de tu marido, y mucho menos te extrañes de mi capacidad de odiar al pobre de Claus, al que nunca he conocido, y espero no tener el disgusto de conocer. Y sé que no habla muy bien de mi bonhomía, odiar al pobre Claus, que se desvive por hacerte feliz, queriéndote día a día, sintiendo por sus poros y hablando con sus manos del amor que te profesa.
Por eso mismo, le odio, y le odio desde lo más profundo de mi ser, porque ha sido capaz de hacer por ti todo aquello que yo deseé hacer y nunca fuí capaz. Odio las palabras de amor que te dice al oido, las caricias que te da en los días que llegas cansada a casa después de un día duro en el hospital, como que coge de la mano, y como escoge sin necesidad de preguntar aquellas cosas que te encantan para comer, como sabe transformar un día triste con una sola sonrisa…que son las cosas que todas las noche imagino sentado en mi mesa mientras mordisqueo una tortilla, leyendo el periódico, y que son las cosas por las que viviría a tu lado.
Cada día me miro al espejo y me maldigo, si pudiera otra vez tener la oportunidad de convencerte, de que te dieras cuenta que fui un tonto pero soy capaz de aprender, si pudiera otra vez ver brillar tu pelo a la luz de la luna, si oyera de tus labios unas palabras de calma, si quisieras otra vez. Maldigo que un hombre al que no conozco, haya sido capaz de quererte y comprenderte, en menos tiempo del que tardé yo en añorarte.
Espero que comprendas que este odio nos es más que el lamento descarnado de un pobre hombre que amó y ama a aquella a la que no supo corresponder. Y espero que Claus comprenda que mi odio no es más que ese sentimiento de envidia que tengo del hombre más afortunado del mundo, ese hombre al que quieres.

Desde siempre he tenido miedo de morir atropellado, por eso no he podido evitar más de mil veces imaginar la sensación de mis huesos quebrarse, imaginar el dolor y verme en la calle tumbado roto en pedazos, este pensamiento recurrente me ha acompañado durante mis casi cincuenta años.
Cuando esta mañana despistado cruzé la calle y fui arrollado por un camión de la basura, no me ha sorprendido la sensación de dolor, era tal y como la habia imaginado tantas veces antes. La viscosa y espesa sangre que sale por mi nariz casi no me deja respirar, mi cabeza estalla en mil pedazos, como si cientos de cristales se rompieran una y otra vez en algún lugar desconocido de mi cerebro.
Una voz me pide que no intente moverme, que enseguida llega una ambulancia, no pienso en moverme, no pienso más que en Clara, y como esta mañana me prometí llamarla, el dolor me trae su imagen, mi vista borrosa confunde las caras de la gente y creo verla entre el corro de gente que rodea, el despojo en el que creo que me he convertido.
El frío me atiere y siento un dolor agudo que comienzo a la altura del bazo y sube por el estomago. A lo lejos oigo una sirena, que espero que sea la mía. Clara me gustaría que me agarraras fuerte la mano. Ahora me imagino aqui a tu lado, en mitad del tráfico sentado en la calle. Dejo de tener miedo, tenerte a mi lado reconforta.
Me dices que te mire, me pide que te escuche, y yo parado como estoy te miro, tumbado en el suelo dispuesto a escucharte, aqui y ahora, la gente pasa a mi lado mirandome extrañados pero no me importa, quiero que me cuentes, quiero que me expliques. Te sientas a mi lado, entre la gente, los dos sentados en el suelo en la acera, como dos macetas plantados entre el tráfico.
Me agarras la mano, y comienzas a hablar lento, y me dices que no pasa nada, que me sigues queriendo, que no tenga miedo, que las cosas siempre se solucionan.
Creo que no tienes nada que explicarme, una media sonrisa amanece en mi cara, y después de todo lo que hemos pasado tú y yo. ahora aqui tumbado después de un atropello, a mis cincuenta años, sin ningún recuerdo a parte de ti, me doy cuenta que a pesar de todo, no me queda nada…salvo tú, Clara.
Ya casi no oigo la sirena, y el dolor comienza a desaparecer, mientras la imagen de Clara se desvanece como mi existencia. Me llamo Mario, tengo cincuenta años y siempre he tenido pánico a morir atropellado.
Frío y ausencia, el sol no me calienta y Clara nunca sabrá que la perdoné y siempre la quise…mientras mi presagio se hace realidad, lamento que por una vez haya acertado. Hasta siempre princesa