21 Nov
Posted by: Kenzo Tomochu in: Uncategorized

El corazón le comenzó a latir rápido, todavía esta nervioso, cada vez que te va a ver
cada vez que sabe que le vas a besar, pero tu mujer no apareciste
Se sentó en un banco con una flor en una mano y una ilusión en la otra,
esperó durante dos horas, esperó a la intemperie, y las estrellas aparecieron, pero ni rastro de ti
La flor se marchitó, la ilusión se desvaneció, pero el hombre siguió esperando,
pasaron una, dos, tres generaciones y los amigos y familiares del hombre fueron muriendo, pero el hombre se mantuvo sentado en el banco, sin hacer caso del tiempo pasado
Apenas las fuerzas le mantenían cuando cerró los ojos y volvió a pensar en ti, y musito un “te quiero” mientras su aliento se escapaba en cada sílaba.
El hombre se dió cuenta se marchaba, y pensó en su vida, y el tiempo que había pasado sentado en el banco,
toda su vida en un banco esperando al amor no correspondido, bostezó cansado y desilusionado.
Se mesó los cabellos, ya blancos, se miró las manos, llenas de arrugas, la vitalidad desapareció hace muchos inviernos ya. El hombre fue consciente de su edad y del tiempo perdido.
Su corazón latía lento, porque no te va a volver nunca a ver, porque sabe que no le vas a besar.
De repente el hombre se levanta dificultosamente y paso tras paso desaparece por una calleja que va camino de ninguna parte.
Hoy llegué a casa tarde, he estado más de 2 horas esperando poder entrar en un puente aereo, hoy parecía que todo el mundo quería volver a Madrid. Al final he conseguido mi asiento en una de las últimas filas y en el asiento del centro, estaba tan cansado que no he querido discutir con la amable azafata de tierra. Entrar en un avión tan lleno es como jugar a la lotería, no sabes se tendras sitio para dejar tus cosas, quien tendrás sentado a tu lado…hoy mi abrigo y mi maletín han compartido asiento conmigo, y a mi lado un comercial de una inmobiliaria, y al otro una chica joven enganchada a un ipod. Y yo en el centro…
Creo que me quedé dormido por no más de dos o tres minutos, pero el tiempo suficiente para soñar, para huir de un avión repleto en una noche lluviosa de otoño. Durante esos dos minutos ha sido un día maravilloso. Durante dos minutos no he tenido que recordar que hace un año escribí que iba a cambiar mi vida, que dos semanas después de escribirlo mi vida cambió, y no de la manera que yo esperaba. Durante este breve instante no he tenido que pensar si merece la pena esta vida, si merece esforzarse por alcanzar una meta que estará vacia cuando llegue a alcanzarla, que no me llenará y carecerá de sentido después de tantos años buscándola.
Durante esos dos minutos, soñando he recordado la historia del hombre sentado en un banco, pero esta vez el hombre se sorprende por la llegada de la mujer, esta vez la mujer abraza al hombre y besándose desaparecen camino de ninguna parte. Ese hombre se parecía a mi, y ella era cualquier mujer.
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