Midore avanza rápida por las calles de Madrid, le ha sorprendido el frío que comienza a aparecer en esta mañana de domingo. No está acostumbrada a caminar entre tanta gente, se siente incomoda por la cercanía física y por los empujones, Midore no sabía que una mañana de domingo en el Rastro es una aventura que no está al alcance de todo el mundo. Pero ya es tarde, y en el fondo la mezcla de gente y visitar los puestos callejeros le parece más divertido que visitar con sus padres el Palacio de Oriente.

Midore ya ha cumplido los 33 años, pero continua viajando con sus padres, los señores Watanabe se sentirían más cómodos si su hija tuviera ya una familia, aunque viajar con ella es un gran alivio, ya que ninguno de los dos habla inglés. Pero Midore no ha tenido éxito en el amor hasta ahora.

Hasta ahora, porque hoy ha quedado con un chico de Madrid, un chico que conoció a través de un portal de contactos, el chico se llama Luis, y no es español,  es ecuatoriano, aunque lleva más de diez años viviendo en Madrid. Midore sabe que la presión que siente en el pecho no se debe a la gran aglomeración sino a los nervios que siente por la cita. Lleva más de un año conectándose con Luis a través de internet, quitándole horas al sueño, con eternas charlas. No le costó mucho convencer a sus padres de visitar España, y por fin después de tanto tiempo iba a poder abrazar a Luis.

Tiene apuntado en un papel el lugar de la cita y la hora, a sus padres no les ha dicho nada, el Sr. Watanabe es muy tradicional y a sus años Midore no cree que pudiera soportar que su única hija tenga una historia de amor con un gaijin. Sabe mucho de Luis, porque él le ha contado centenares de historias, sobre su Ecuador natal, sobre la vida en España y sobre todo lo solo que se encuentra viviendo en Madrid.

Cuando sale del gentio del Rastro y se sumerge por las calle del barrio de la Latina, descubre que Madrid pudiera ser una ciudad para vivir, descubre un pequeño café, donde sirven ensaladas y pequeños platos. Toma sin ganas, solo por perder el tiempo, una ensalada César con una Cola light. Pregunta al camarero si el lugar de la cita esta lejos, el camarero le indica que más o menos es una media hora andando. Midore habla razonablemente el español, lo ha estudiado durante muchos años, pero aún así le da mucha vergüenza expresarse en español, con Luis sin embargo no es así.

Son las cuatro de la tarde y queda solo diez minutos, para que Luis aparezca por la puerta, aunque se han visto muchas veces por webcam no se imagina lo alto que puede ser, ella ha escogido una chaqueta crema que resalta más la blancura de su piel. Se ha sentado en el fondo del café esperando.

Encima de la mesa hay un diario abierto por la sección de Madrid, un titular en el que Midore no ha reparado, “Joven ecuatoriano, Luis A.G., es asesinado por un grupo de ultras esta noche”. En menos de cinco minutos Midore sabrá si Luis era ese hombre asesinado o no.

Porque no todos los días una chica de Tokio se enamora por internet de un chico ecuatoriano, y cruza el mundo para encontrarse con él, pero lamentablemente si es más habitual que en el Madrid del siglo XXI un inmigrante pueda resultar herido o muerto, por una banda, por un ajuste, por salir a comprar el pan o por cualquier razón estúpida.

Pero eso el narrador no lo ha experimentado, solo lo ha leído en los periódicos, porque en el barrio que vive él, los inmigrantes son esos señores y señoras que te sirven el café en el Vips. Mientras estamos hablando, la cara de Midore se ha iluminado con una sonrisa, Luis ha entrado tímidamente por la puerta. El narrador no sabe si la historia de amor de Midore y Luis durará más de un café, pero si sabe que, en esta tarde de domingo, Luis ha tenido suerte.

Porque alguien le ha dicho al narrador que solo cuenta historias tristes, y esta tarde de domingo el narrador ha decidido que dar una oportunidad al amor de Midore y Luis, a partir de ahora depende de ellos dos, y el narrador desea de verdad que ambos sean felices.