
Cuando me levanté no me sentí con humor para ir a mi propio entierro, además siempre he sentido una aprensión grande a la muerte y a los cementerios. Por eso cuando el cortejo funebre encaminó su marcha por la vereda a la salida del pueblo con mi ataud, yo me quedé esperando sentado en una piedra del camino.
¡Si estoy muerto, epa! pero no sientas ni una pizca de pena por mi, nunca me he sentido más vivo que ahora mismo. Eso es algo que tengo muy hablado con Braulio, el otro muerto del pueblo. No es que no hayan acontecido más decesos en el pueblo, es que en este pueblo el que no se marcha de vivo a la capital se marcha de muerto.
Si es cierto que hecho de menos algunas cosas de mi vida de vivo, como sentarme en la plaza y sentir en la cara el sol de las cinco de la tarde, o sentir las manos de Laura cuando me acariciaba el pelo y sus labios cuando me besaba, pero hace tanto tiempo que Laura me dejó que lo único que me quedan de estos sentimientos es el recuerdo vivido de esos momentos. Laura murió entre mis manos a la edad de 40 años, hace ya más de 20 años. Yo hubiera cumplido 65 este invierno, si la muerte no hubiera decidido llevarme antes. Laura y yo estuvimos casados cerca de 15 años, y fueron los años más felices de mi vida, salvo por la muerte de mi hijo Carlos, por una meningitis, a los cinco años.
Anteayer, el día de mi muerte, cuando fui consciente de mi nueva situación, salí a la plaza y allí me encontré con Braulio, mi amigo de correrías cuando eramos jovenes, Braulio murió tres años antes que Laura victima de una cirrosis galopante. Cuando me encontré a Braulio, nos abrazamos durante, una eternidad, perdón por el juego de palabras, y después intentó lentamente explicarme la nueva situación.
Al morir entramos en un estadio intermedio, donde limpiamos nuestra alma y mente de todos nuestros recuerdos mortales, este periodo puede durar más o menos tiempo, siendo en nuestra situación el tiempo un concepto relativo. Cuando ya abandonamos sentimientos, recuerdos y memorias, estamos preparados para dar el siguiente paso, lamentablemente aunque me preguntes ahora, querido lector, por Dios, o por el cielo o por el infierno, no estoy preparado para darte más información, porque Braulio todavía no ha sido capaz de dejar atrás todos los recuerdos, y los muertos que se han ido, nunca volvieron a contar donde habían marchado.
Una vez realizada mi propia composición de lugar, le pregunté si había visto a Laura y a mi hijo Carlos, Braulio se emocionó y quebró la mirada por un instante.
“Querido Antonio, tu hijo Carlos, estuvo conmigo poco tiempo, no había vivido lo suficiente para que sus recuerdos le atarán a este mundo, y el veros tan triste y no poder tocaros le hacía muy infeliz. Decidí llevarmelo a otro lugar, donde pudiera ser más feliz y pudiera pronto dejar este mundo intermedio. Cuando llegó Laura me entendió perfectamente, y se abrazó en señal de gratitud”
Como quería y quiero a Braulio, solo un amigo como él podía ser así.
“Ahora Antonio, me preguntarás por Laura, y tengo que decirte que se marchó, no sé decirte hace cuanto porque el tiempo no pasa igual aqui, se desvaneció un día, que olvidó todos los recuerdos, todos los sentimientos. Durante mucho tiempo la he escuchado, sentada en el mismo sitio que estás tu ahora, el amor que te profesaba y como moría una vez muerta por no poder hablarte, tocarte, besarte, escucharte. Y sé que sabes más o menos cuando se fué y las razones, yo tampoco entendí que te humillaras a ti mismo, persiguendo a esa mujer, que no te convino nunca, y ni siquiera fue un vulgar remedo de Laura. Ella me dijo muchas tardes, que te quería ver feliz y entendía que estuvieras con otra mujer, pero no ella, que te estaba transformando en una persona que tu nunca habias sido. Un día me dijo, Braulio, sé que estarás cuando llegue Antonio, dile que he muerto aqui desde hace años, por estar cerca de él, por conformarme con mirarle como si estuviera en una ventana lejana, por sentir su presencia, por recordar sus caricias, por soñar con otro momento a su lado, pero el Antonio del que me enamoré y por el que me he quedado aqui ya no existe, y cuando terminó se marchó caminando por la vereda y nunca más la volví a ver”
Miré a Braulio, y una sensación parecida a un reguero de lágrimas inundó mis mejillas, si es que los muertos podemos llorar.