El Retorno de los espumosos…

Los espumosos regresan…con menos sex y más city que nunca

Archive for November, 2007

Dos minutos de gloria


Comenzó a escribir con trazo seguro, “Te quiero”, cerró los ojos y pensó en ella,
Empezó una curva que acabó en un corazón, debajo rotuló tus iniciales y enlazadas las de él,
dentro del corazón una fecha que tu conoces bien,

El corazón le comenzó a latir rápido, todavía esta nervioso, cada vez que te va a ver
cada vez que sabe que le vas a besar, pero tu mujer no apareciste

Se sentó en un banco con una flor en una mano y una ilusión en la otra,
esperó durante dos horas, esperó a la intemperie, y  las estrellas aparecieron, pero ni rastro de ti

La flor se marchitó, la ilusión se desvaneció, pero el hombre siguió esperando,
pasaron una, dos, tres generaciones y los amigos y familiares del hombre fueron muriendo, pero el hombre se mantuvo sentado en el banco, sin hacer caso del tiempo pasado

Apenas las fuerzas le mantenían cuando cerró los ojos y volvió a pensar en ti, y musito un “te quiero” mientras su aliento se escapaba en cada sílaba.
El hombre se dió cuenta  se marchaba, y pensó en su vida, y el tiempo que había pasado sentado en el banco,
toda su vida en un banco esperando al amor no correspondido, bostezó cansado y desilusionado.

Se mesó los cabellos, ya blancos, se miró las manos, llenas de arrugas, la vitalidad desapareció hace muchos inviernos ya. El hombre fue consciente de su edad y del tiempo perdido.
 
Su corazón latía lento, porque no te va a volver nunca a ver, porque sabe que no le vas a besar.

De repente el hombre se levanta dificultosamente y paso tras paso desaparece por una calleja que va camino de ninguna parte.

Hoy llegué a casa tarde, he estado más de 2 horas esperando poder entrar en un puente aereo, hoy parecía que todo el mundo quería volver a Madrid. Al final he conseguido mi asiento en una de las últimas filas y en el asiento del centro, estaba tan cansado que no he querido discutir con la amable azafata de tierra. Entrar en un avión tan lleno es como jugar a la lotería, no sabes se tendras sitio para dejar tus cosas, quien tendrás sentado a tu lado…hoy mi abrigo y mi maletín han compartido asiento conmigo, y a mi lado un comercial de una inmobiliaria, y al otro una chica joven enganchada a un ipod. Y yo en el centro…

Creo que me quedé dormido por no más de dos o tres minutos, pero el tiempo suficiente para soñar, para huir de un avión repleto en una noche lluviosa de otoño. Durante esos dos minutos ha sido un día maravilloso. Durante dos minutos no he tenido que recordar que hace un año escribí que iba a cambiar mi vida, que dos semanas después de escribirlo mi vida cambió, y no de la manera que yo esperaba. Durante este breve instante no he tenido que pensar si merece la pena esta vida, si merece esforzarse por alcanzar una meta que estará vacia cuando llegue a alcanzarla, que no me llenará y carecerá de sentido después de tantos años buscándola.

Durante esos dos minutos, soñando he recordado la historia del hombre sentado en un banco, pero esta vez el hombre se sorprende por la llegada de la mujer, esta vez la mujer abraza al hombre y besándose desaparecen camino de ninguna parte. Ese hombre se parecía a mi, y ella era cualquier mujer.

Una chica de Tokio

Midore avanza rápida por las calles de Madrid, le ha sorprendido el frío que comienza a aparecer en esta mañana de domingo. No está acostumbrada a caminar entre tanta gente, se siente incomoda por la cercanía física y por los empujones, Midore no sabía que una mañana de domingo en el Rastro es una aventura que no está al alcance de todo el mundo. Pero ya es tarde, y en el fondo la mezcla de gente y visitar los puestos callejeros le parece más divertido que visitar con sus padres el Palacio de Oriente.

Midore ya ha cumplido los 33 años, pero continua viajando con sus padres, los señores Watanabe se sentirían más cómodos si su hija tuviera ya una familia, aunque viajar con ella es un gran alivio, ya que ninguno de los dos habla inglés. Pero Midore no ha tenido éxito en el amor hasta ahora.

Hasta ahora, porque hoy ha quedado con un chico de Madrid, un chico que conoció a través de un portal de contactos, el chico se llama Luis, y no es español,  es ecuatoriano, aunque lleva más de diez años viviendo en Madrid. Midore sabe que la presión que siente en el pecho no se debe a la gran aglomeración sino a los nervios que siente por la cita. Lleva más de un año conectándose con Luis a través de internet, quitándole horas al sueño, con eternas charlas. No le costó mucho convencer a sus padres de visitar España, y por fin después de tanto tiempo iba a poder abrazar a Luis.

Tiene apuntado en un papel el lugar de la cita y la hora, a sus padres no les ha dicho nada, el Sr. Watanabe es muy tradicional y a sus años Midore no cree que pudiera soportar que su única hija tenga una historia de amor con un gaijin. Sabe mucho de Luis, porque él le ha contado centenares de historias, sobre su Ecuador natal, sobre la vida en España y sobre todo lo solo que se encuentra viviendo en Madrid.

Cuando sale del gentio del Rastro y se sumerge por las calle del barrio de la Latina, descubre que Madrid pudiera ser una ciudad para vivir, descubre un pequeño café, donde sirven ensaladas y pequeños platos. Toma sin ganas, solo por perder el tiempo, una ensalada César con una Cola light. Pregunta al camarero si el lugar de la cita esta lejos, el camarero le indica que más o menos es una media hora andando. Midore habla razonablemente el español, lo ha estudiado durante muchos años, pero aún así le da mucha vergüenza expresarse en español, con Luis sin embargo no es así.

Son las cuatro de la tarde y queda solo diez minutos, para que Luis aparezca por la puerta, aunque se han visto muchas veces por webcam no se imagina lo alto que puede ser, ella ha escogido una chaqueta crema que resalta más la blancura de su piel. Se ha sentado en el fondo del café esperando.

Encima de la mesa hay un diario abierto por la sección de Madrid, un titular en el que Midore no ha reparado, “Joven ecuatoriano, Luis A.G., es asesinado por un grupo de ultras esta noche”. En menos de cinco minutos Midore sabrá si Luis era ese hombre asesinado o no.

Porque no todos los días una chica de Tokio se enamora por internet de un chico ecuatoriano, y cruza el mundo para encontrarse con él, pero lamentablemente si es más habitual que en el Madrid del siglo XXI un inmigrante pueda resultar herido o muerto, por una banda, por un ajuste, por salir a comprar el pan o por cualquier razón estúpida.

Pero eso el narrador no lo ha experimentado, solo lo ha leído en los periódicos, porque en el barrio que vive él, los inmigrantes son esos señores y señoras que te sirven el café en el Vips. Mientras estamos hablando, la cara de Midore se ha iluminado con una sonrisa, Luis ha entrado tímidamente por la puerta. El narrador no sabe si la historia de amor de Midore y Luis durará más de un café, pero si sabe que, en esta tarde de domingo, Luis ha tenido suerte.

Porque alguien le ha dicho al narrador que solo cuenta historias tristes, y esta tarde de domingo el narrador ha decidido que dar una oportunidad al amor de Midore y Luis, a partir de ahora depende de ellos dos, y el narrador desea de verdad que ambos sean felices. 

¿Y si te dijo por ejemplo que te quiero?

Desde hace un año he intentado decirte que te quiero, que no me conformo con este rol que me has asignado.

Hoy estaba decidido a ser valiente, hoy he cogido el puente aéreo para estar en tu fiesta y dentro de la caja de regalo que llevo conmigo, no hay más que una verdad desnuda: que no soporto ni me resigno a ser sólo tu amigo.

Cuando abres la puerta, más guapa que nunca, me sonríes y me coges de la mano suave, me llevas dentro, y mientras intento encontrar las palabras, él se acerca y te besa los labios.

Tradición vikinga

Jans se levantó la mañana del primer domingo de diciembre, esperando que su mujer no hubiera olvidado comprar las velas, desde pequeño para él era importante cumplir con las tradiciones. Recordaba como cuando cumplió siete años su madre le contó la tradición danesa, cada domingo de diciembre, las velas del adviento lucen en las ventanas de las casas danesas y cada miembro de la familia recibe un pequeño presente del resto.

Anne seguía durmiendo y prefirió no despertarla, fuera el viento golpeaba la ventana y la nieve empezaba a acumularse en las aceras. En realidad era un buen día para quedarse en casa y tomar un poco de vino dulce de pasas caliente y galletas. Jans se preparó el desayuno, un café con galletas y un poco de zumo, y se dispuso a leer el periódico. Se asomó a la ventana otra vez, la tormenta arreciaba y la mortecina luz de la farola daba un aspecto lúgubre a la calle, fuera una mujer peleaba con el paraguas,  Jans tocó el radiador para reconfortarse del calor del interior.

Le extrañaba que Anne no hubiera dejado las velas preparadas, como siempre había hecho en las siete navidades que llevaban casados. Ella como él le habían dado mucha importancia a las tradiciones. Pensó que sería bonito que cuando Anne se despertara encontrara las velas en la ventana, la vela de los 24 días ya encendida y el primer regalo en la mesa. Pensó que seguramente habia dejado las velas en el bolso. Ayer Anne llegó muy tarde y cansada, sin ganas de hablar y triste.

El bolso estaba en la entrada, lo abrió con cuidado y rebuscó en el interior, siempre le sorprendía lo que podía encontrar en el bolso de una mujer. Pero lo que encontró le sorprendió más allá de lo imaginable, dos billetes de avión para volar a España esa misma tarde, uno a nombre de Anne y el otro a nombre de Lars Podven.

Lars, era el compañero de Anne en la clínica, llevaban toda la vida trabajando juntos y por lo que parecía a partir de ahora pretendían compartir algo más que las jornadas laborales. Jans rebuscó por los cajones y encontró un par de velas que tenían en casa por si un día había un apagón. Terminó el café se dió una ducha, se vistió y salió a la calle abrigado con un viejo chaquetón marinero, camino de ninguna parte.

Una hora más tarde cuando Anne se despertó, se encontró el desayuno preparado, dos velas en la ventana y los dos billetes con un lazo y encima el anillo de casado de Jans y una nota con solo dos palabras “Tu libertad”. Miró por la ventana, esperando encontrarlo, pero solo descubrió unas huellas en la nieve fresca.

Para Jaime el astronauta

Hoy me he enterado que ya no nos conoceremos, que has decidido no seguir creciendo. Y no te culpo por darte la vuelta, pero que sepas que has roto el corazón de la que iba a ser tu madre, tu hermano había apartado su colección de los mejores tebeos para ti, y yo…en fin yo estoy aqui intentando que este mundo que se acaba de derrumbar pueda pronto volver a ponerse en pie.

Ya sé que no hay manera que cambies de idea y decidas nacer, es lo que ha dicho la doctora, pero me gustaría contarte que es lo que te has perdido. ¿Sabes que existe un lugar que solo conoce tu abuelo, donde el mar acaricia las rocas y el sol te tuesta la piel, donde los mayores peces que te puedes imaginar pican sin cesar?. Tu pobre abuelo, había vuelto a sacar la caña del armario, esperando que este nieto si que le gustara pescar.

Yo había pensado que cuando fueras mayor podías haber sido astronauta, que es lo que quiere ser tu hermano, y que es lo que siempre quise ser yo. Imaginaba los dos hermanos colonizando cualquier planeta lejano, y yo con mis lágrimas de padre orgulloso hacerme viejo oyendo vuestras hazañas. Pero Jaime, aunque no hubieras sido astronauta, aunque hubieras sido solo un niño, solo un adolescente y al final solo un hombre, yo te hubiera querido, yo te hubiera dado mi mano y acompañado en el camino, hasta que mis fuerzas se agotaran.

Ahora le tengo que explicar a tu hermano, que has decidido no compartir juegos con él, él que había repartido todos sus juguetes en dos montones iguales, o a lo mejor incluso el tuyo más grande, ahora tengo que decirle que no te espere, y eso sí que es duro, porque los demás somos mayores, adultos nos llaman, adultos que ya se han enfrentado a la muerte de seres queridos, pero para él es la primera vez que le arrebatan a alguien que quiere, porque él Jaime, ya te quería desde el primer instante que supo que ibas a venir.

Me gustaría contarte tantas cosas, intentar aferrarme a una esperanza y pedirte que dieras la vuelta a tu decisión, pero soy incapaz de seguir hablando, ahora no me quedan fuerzas, ahora me siento más solo que nunca, sí me ves o si alguna vez donde vas me puedes ver, por favor, intenta acariciar mi mejilla, aunque solo sea un pequeño remedo de lo que nunca tendré a tu lado, me hara sentir que pudiste escuchar todo esto y que al final tu también deseas nacer y la culpa no fue tuya.

Te quiero Jaime y eso nadie lo puede cambiar.

El que iba a ser tu padre

Mi propio rompecabezas

Hoy escribo para ti, para ti que estás al otro lado, seas quién seas. ¡Sí, tú!, no mires a otro lado, hoy no tengo ganas de nada y si estoy escribiendo estas líneas es porque creo que las mereces, tú que siempre estás ahí intentando comprender mi propio rompecabezas, armando las piezas relato a relato. Cada palabra que escribo hoy está dedicada a ti.

Hoy quiero sonreir y soy incapaz, hoy quiero llorar y no puedo, hoy quiero esconderme en lo más profundo de la profunda indiferencia, pero tengo miedo de perderme, hoy quiero dedicarte mis sueños, a ti.

Mirame, y dime que ves, sé clara, sé cruel, sé cierta. Escuchame y dime que piensas, no escondas tu opinión, no seas condescendiente, no quieras protegerme.

Hoy no sé construir un relato, una historia, hoy mis frustaciones pueden a mis sueños, hoy necesito que me digas que merece la pena seguir adelante, o que me digas que no merece la pena.

Hoy me he parado en la calle durante un momento, un momento que ha durado una eternidad, parado en la calle esperando que la gente que pasa a mi lado sin mirarme sea feliz, esperando que nadie sienta el vacio que me hace sentirme inútil, inmovil en el camino.

No me pidas que luche, pideme solo que sobreviva, pideme que encuentre una razón para seguir respirando, que poco a poco encuentre un motivo, y que ese motivo seas tú.

Perdona que no continue, hoy no puedo, descansa y recuerda que un día como hoy, cuando estabas al otro lado, te llamé y te supliqué.

No me preguntes cuando vuelvo, cuando seré feliz, sinceramente no lo sé, pero mientras vuelvo,si quieres puedes armar mi rompecabezas.

Donde mueren los salmones…

El hombre le levantó presuroso, terminó de hacer las maletas y se encaminó hacia la puerta de salida, su mujer y sus tres hijos intentaron en vano detenerle, era un hombre resuelto y no habia nada que pudiera en este momento hacerle cambiar de idea.

Depositó las maletas en su viejo coche, y mientras su familia le miraba por última vez desde la ventana del salón, el hombre arrancó el coche. La música de la suite de Scherezade resonaba mientras se dirigía por carreteras de segundo orden hasta el lugar donde nació, ahora que notaba su muerte cercana se comportaba como un salmón que se remonta el río para morir donde nació.

Cuando anochecía llegó al pueblo, no más de dos luces le dieron la bienvenida, con dificultad consiguió abrir el portón de la vieja casa familiar, y estaba tan cansado que ni siquiera se desnudó, se tumbó tal cual en la cama que olía a alcanfor y a rancio. En seguida el sueño le atrapo, y dormido comenzó a soñar con recuerdos de más de cincuenta años atrás, las calles del pueblo se poblaban de cientos o miles de personas que le recibían, y estaban entre las primeras filas todos, sus padres, sus abuelos, sus dos mejores amigos, sus tres peores enemigos, el maestro, la pareja de la guardia civil, la pastelera, el herrero, y al frente de todos Monica,su primera novia, que le daba un papel. El hombre se despertó agitado y recordó todo el sueño, y lloró amargamente al recordar el contenido del papel.

El día que abandonó el pueblo, Mónica corrió hacía él y le dió un papel, le pidió que no lo leyera hasta que llegará a Madrid. El hombre que siempre había sido obediente, espero a llegar a Madrid, para leerlo. Un simple ruego ”Te esperaré aqui, no me olvides y ven a buscarme. Te quiero hoy y siempre, tu  Mónica”. El hombre resuelto a volver estudió duro la carrera de Derecho, y fue el primero de su promoción, después pensó que sería mejor ser un notario de prestigio para darle a Monica lo mejor. Tres años más tarde, se convirtió en el notario más joven y su destino, Alicante, le alejó más de su Galicia natal y de Mónica. Después de dos años en Alicante, conoció a Carmen, y olvidó a Mónica y su promesa.

Nunca volvió a ver a Mónica, pero supo por sus hermanas que nunca se casó, siempre esperó pacientemente, al cabo de los años, el hombre habia olvidado, todo hasta hoy que el sueño le había recordado todo.

Cuando el hombre se levantó fue a la casa de Mónica, y la encontró en el umbral de la entrada, el tiempo la había convertido en una anciana hacendosa y venerable, pero mantenía la hermosura de su juventud. El hombre se paró a un metro de distancia temeroso de la reacción de ella, pero ella acortó esa distancia y se abrazó al él. “Por fin volviste, que largo se me ha hecho, pero ya estas aqui”. De los ojos del hombre resbalaron dos lágrimas que encontraron un cauce seco a través de sus mejillas. Había vuelto para morir, pero ahora sabía que ese poco tiempo que le quedaba se lo debía a Mónica, y así iba a ser. La abrazó y la acarició el pelo blanco, mientras ella le empujaba hacia dentro “Venga, venga que me tienes que contar casi una vida”.

Nunca fue un amor real…

Lo que sentí por ti, nunca fue un amor real, sino una pasión loca. Sin embargo volvería a pasar por esta locura otra vez, volvería a tus brazos, pasearía agarrado a tu cintura mientras el aire frío del invierno cortara mi cara, alrededor del lago que hay cerca de tu casa. Mentiría si dijera que he olvidado tus besos, tus caricias y tus palabras de amor.

Ahora estoy sentado en mi casa, en una tarde de domingo, intentando recordarte, mejor dicho intentando olvidarte de una vez por todas, después de casi once meses.

Hace once meses que no te he vuelto a ver, y más de siete meses que no oigo tu voz, más de dos meses que no sé nada de ti.

Tengo derecho a recordar los tiempos felices, tengo derecho a pensar en ti, a soñar con aquellos días, tengo derecho a engañarme y pensar que nunca fue un amor real.

Sí, porque tengo derecho a engañarme a mi mismo, tengo derecho a sentirme solo en una tarde de domingo, tan parecida a la última tarde de domingo que pasé a tu lado, la última vez que te vi, tu cara se paraba en la ventana, como si fuera un retrato de la soledad que iba a sentir, el taxi avanzó rápido hacia el aeropuerto, y un poco después mientras el avión se elevaba sobre los molinos gigantes anclados en el mar, y la noche se comenzaba a despertar sobre Copenhagen, yo susurré mi frase amuleto- Volveré, esta no será la última vez- pero mi corazón, mi cabeza y mi estomago me dijeron que no sería asi.

Ahora sentado aqui a más de tres mil kilómetros y once meses de distancia, puedo pensar que nunca fue un amor real, pero si es así ¿por qué me duelen tanto las tardes de domingo?

Life is a cabaret

Las calles bajan al mar, desde la montaña, las luces indican el camino a casa, la vida es un cabaret sin fin.Y tú me has mirado y me has dicho que las mujeres decentes nunca dan el primer paso. El mundo está lleno de mujeres decentes y hombre incomprendidos entonces, te he respondido. Me has guiñado el ojo y lanzando al aire un beso, te has esfumado dentro de un taxi.

La bombilla de la farola donde me he apoyado, parpadea, lanzando sus últimos estertores de vida y consulto el reloj, es pronto, todavía, hoy no amanecera más pronto porque Cenicienta ya se haya marchado a casa y paradójicamente ya es demasiado tarde para cambiar mi manera de pensar.

Notó en mi estomago la desilusión y el amagor de la derrota, de la incomprensión, pero prefiero engañarme y pensar que es hambre, me engaño a mi mismo pensando que si lleno mi estomago esa sensación desaparecerá. Pero para esto sí es tarde, a estas horas no habrá un bar abierto que de algo de comer, además estoy en una ciudad extraña, y no conozco un sitio. Un camión de basura para a mi lado y dos hombres saltan agilmente de la parte trasera, me acerco a ellos y les pregunto si conocen algún sitio que a estas horas dé algo de comer. El más joven sonrie y me explica que al lado de la estación hay una furgoneta-churreria que no cierra en toda la noche, y Juanjo el dueño prepara en una plancha infame los bocadillos más grasientos de todo Barcelona. El mayor asiente y me invita a subir, nosotros vamos para allá a descansar un rato y comer algo, si quiere ir.

Subo sin pensarlo en la cabina del camión, donde un tercer hombre se sonrie con calor, el trayecto es corto, pero el hombre no para de hablar, de todo, yo me limito a asentir, no voy a discutir sobre nada, si no he sido capaz de discutir contigo princesa, como voy a discutir de política.

Bajo de un salto y el grupo que esta alrededor de la furgoneta me mira extrañado, el conductor abre paso, y de un grito le comenta a Juanjo- mira lo que hemos pescado, un caballero sin espada- todos rien la gracia y yo bajo los ojos dispuesto a dejarle que se rian de mi, en el fondo soy como un pez fuera del agua. El más joven me acerca una cerveza, y al cogerla mis ojos se fijan en ella. Ella tiene una edad indefinida entre los treinta y los cuarenta. Ella va vestida con demasiada poca ropa, demasiado obvio, incluso para un caballero-pez sin espada. Ella es extrañamente atractiva, pero solo presta atención a su bocadillo que devora con frucción como si hiciera más un mes que no prueba un bocado.

Se acerca a mi y sin levantar la vista del bocadillo, me indica una luz en una ventana y una cifra. Mis tres compañeros, me miran expectantes, testigos de la escena. De repente me veo obligado a no fallarles, a hacer lo que esperan de un pescadito con chaqueta, y asiento. Se abraza a mi y me empuja hacia el portal, mientras escucho las risas, mientras me alejo, recordando que mi bocadillo se queda sin estrenar en la barra de ese improvisado bar.

Saca de su bolsillo un manojo de llaves y abre la puerta del portal y comenzamos a subir por una escalera destartalada hasta un segundo piso. Cuando abre la puerta de su casa, me hace un gesto de silencio con el dedo, no me despiertes al niño. Cuando ha dicho eso, la he vuelto a mirar a la luz de la bombilla del recibidor, y su cara me parece muy hermosa. Pero me siento fatal, y mis piernas quieren bajar rápido por la escalera, pero sus manos están tocándome, acariciandome, y empujandome por un oscuro pasillo. Cuando llego a su habitación una cama vieja nos da la bienvenida, la cama se debe sentir muy sola porque solo una silla y un poster le hacen compañía, es un poster enmarcado de un concierto de Serrat, y veo que está dedicado - A Marta con amor, de tu Joan Manuel. Ella me mira picara y me dice al oido, la dedicatoria la he escrito yo, pero estoy segura que si me hubiera conocido la hubiera escrito él mismo.

Un mareo frio, me hace casi desmayarme, el sudor recorre mi cabeza y le pido tumbarme. la vueltas en mi cabeza, me quito, casi me arranco la chaqueta y ella comienza a preocuparse y preguntarme si he tomado algo, mientras me empuja hacia fuera de su casa. De repente un rayo de compasión cruza sus ojos y me dice, venga tumbate.

Vuelve de la cocina con una vaso de agua, y se tumba a mi lado, con la cabeza en mi hombro, mientras me aprieta fuerte la mano, si ahora alguien contemplara la escena desde fuera pensaría que somos una pareja real. Me siento extrañamente a gusto, mientras ella continua acariciandome, pero ahora las caricias no son profesionales. tampoco de amor, son de cariño lastimado, como si estuviera acariciando a un cachorro abandonado. Se quita la ropa y se pone una camiseta vieja, si quieres puedes dormir hoy aqui, creo que mi noche se ha acabado. La cama es vieja, pequeña e incomoda, pero sé que esta noche me sentiré mas en casa que si vuelvo a mi cama de hotel. 

Mientras se acurruca a mi lado, las primeras ensoñaciones me llevan al principio de la noche cuando la princesa y yo hemos ido al teatro a ver Cabaret, y ahora estoy aqui en la cama de la autentica Sally Bowles de la estación de Sants, ya no me queda duda, la vida es como un puto cabaret.  

He muerto aqui desde hace años

Cuando me levanté no me sentí con humor para ir a mi propio entierro, además siempre he sentido una aprensión grande a la muerte y a los cementerios. Por eso cuando el cortejo funebre encaminó su marcha por la vereda a la salida del pueblo con mi ataud, yo me quedé esperando sentado en una piedra del camino.

¡Si estoy muerto, epa! pero no sientas ni una pizca de pena por mi, nunca me he sentido más vivo que ahora mismo. Eso es algo que tengo muy hablado con Braulio, el otro muerto del pueblo. No es que no hayan acontecido más decesos en el pueblo, es que en este pueblo el que no se marcha de vivo a la capital se marcha de muerto.

Si es cierto que hecho de menos algunas cosas de mi vida de vivo, como sentarme en la plaza y sentir en la cara el sol de las cinco de la tarde, o sentir las manos de Laura cuando me acariciaba el pelo y sus labios cuando me besaba, pero hace tanto tiempo que Laura me dejó que lo único que me quedan de estos sentimientos es el recuerdo vivido de esos momentos. Laura murió entre mis manos a la edad de 40 años, hace ya más de 20 años. Yo hubiera cumplido 65 este invierno, si la muerte no hubiera decidido llevarme antes. Laura y yo estuvimos casados cerca de 15 años, y fueron los años más felices de mi vida, salvo por la muerte de mi hijo Carlos, por una meningitis, a los cinco años.

Anteayer, el día de mi muerte, cuando fui consciente de mi nueva situación, salí a la plaza y allí me encontré con Braulio, mi amigo de correrías cuando eramos jovenes, Braulio murió tres años antes que Laura victima de una cirrosis galopante. Cuando me encontré a Braulio, nos abrazamos durante, una eternidad, perdón por el juego de palabras, y después intentó lentamente explicarme la nueva situación.

Al morir entramos en un estadio intermedio, donde limpiamos nuestra alma y mente de todos nuestros recuerdos mortales, este periodo puede durar más o menos tiempo, siendo en nuestra situación el tiempo un concepto relativo. Cuando ya abandonamos sentimientos, recuerdos y memorias, estamos preparados para dar el siguiente paso, lamentablemente aunque me preguntes ahora, querido lector, por Dios, o por el cielo o por el infierno, no estoy preparado para darte más información, porque Braulio todavía no ha sido capaz de dejar atrás todos los recuerdos, y los muertos que se han ido, nunca volvieron a contar donde habían marchado.

Una vez realizada mi propia composición de lugar, le pregunté si había visto a Laura y a mi hijo Carlos, Braulio se emocionó y quebró la mirada por un instante.

“Querido Antonio, tu hijo Carlos, estuvo conmigo poco tiempo, no había vivido lo suficiente para que sus recuerdos le atarán a este mundo, y el veros tan triste y no poder tocaros le hacía muy infeliz. Decidí llevarmelo a otro lugar, donde pudiera ser más feliz y pudiera pronto dejar este mundo intermedio. Cuando llegó Laura me entendió perfectamente, y se abrazó en señal de gratitud”

Como quería y quiero a Braulio, solo un amigo como él podía ser así.

“Ahora Antonio, me preguntarás por Laura, y tengo que decirte que se marchó, no sé decirte hace cuanto porque el tiempo no pasa igual aqui, se desvaneció un día, que olvidó todos los recuerdos, todos los sentimientos. Durante mucho tiempo la he escuchado, sentada en el mismo sitio que estás tu ahora, el amor que te profesaba y como moría una vez muerta por no poder hablarte, tocarte, besarte, escucharte. Y sé que sabes más o menos cuando se fué y las razones, yo tampoco entendí que te humillaras a ti mismo, persiguendo a esa mujer, que no te convino nunca, y ni siquiera fue un vulgar remedo de Laura. Ella me dijo muchas tardes, que te quería ver feliz y entendía que estuvieras con otra mujer, pero no ella, que te estaba transformando en una persona que tu nunca habias sido. Un día me dijo, Braulio, sé que estarás cuando llegue Antonio, dile que he muerto aqui desde hace años, por estar cerca de él, por conformarme con mirarle como si estuviera en una ventana lejana, por sentir su presencia, por recordar sus caricias, por soñar con otro momento a su lado, pero el Antonio del que me enamoré y por el que me he quedado aqui ya no existe, y cuando terminó se marchó caminando por la vereda y nunca más la volví a ver”

Miré a Braulio, y una sensación parecida a un reguero de lágrimas inundó mis mejillas, si es que los muertos podemos llorar.