
El hombre se sentó, y miró sus zapatos. Siempre había pensado que los zapatos de un hombre definen su personalidad, y ahora calzaba un zapato italiano de doble cordón y abotonadura clásica. Aunque según un cálculo rápido existían cerca de dos trillones de posibilidades de colocar los cordones en los nueve agujeros de su zápato, él se sentía orgulloso de no haber cambiado su lazada desde que aprendió con siete años a atarse los zapatos.
Ahora estaba en la sala de espera de un conocido banco, esperando por una entrevista para optar a la posición de director que quedaba vacante. El anterior director, acababa de dejar el banco para iniciar una aventura que le llevaría a recorrer la vuelta al mundo. El antecendente le preocupaba, imaginaba que alguien que va a dejar una posición cómoda y confortable por un reto semejante debería ser de un espíritu aventurero del que él obviamente carecía. En las entrevistas preliminares le habían comentado lo encantados que estaban con el anterior director y como se valoraba su espíritu y caracter emprendedor. Se volvió a mirar los zapatos, y el nudo del que antes le había sentido orgulloso, ahora le parecía obvio y casi infantil, impropio de alguien que opta a cubrir la posición de un intrepido.
Se comenzó a sentir intranquilo, nervioso y se dió un repaso rápido a la indumentaría, su terno de corte diplomático, su corbata oscura, el pañuelo en el bolsillo, nada que pudiera hacer pensar en él como un hombre de aventura, preparado para cualquier reto. Cuando estaba a punto de levantarse y musitar cualquier excusa a la secretaria para abandonar el banco corriendo con su aspecto de hombre pusilámine, recordó un viejo libro tratado que había leído cuando era pequeño en casa de su abuelo, “33 maneras de atarse los zapatos”, por Ian Shoelace. Intentó recordar alguno de los métodos que allí se explicaban, sí al menos pudiera cambiar la apariencia de sus zapatos, y con eso dar una imagen más intrepida, pensó.
Disimuladamente se quitó un zapato y deshizo la lazada, la secretaria que hasta entonces había permanecido impasible comenzó a prestarle atención. Al rato el zapato reposaba en su rodilla y el cordón comenzaba a dibujar arabescos entre los ojales. Pensó que sería más fácil si lo hacía con los dos zapatos a la vez, y se quitó el otro. Al rato se estaba peleando con ambos zapatos sobre sus rodillas, imposible de recordar una forma de las que él Sr. Shoelace relataba en su libro. pasaron otros dos o tres minutos y la impaciencia y la desesperación fue creciendo en él.
En ese momento apareció el Presidente del consejo, para saludarle e iniciar la entrevista, él se encontraba descalzo con los zapatos en la silla continua y los cordones en la mano. El presidente le dió la mano y pensó “¿Cómo dejar la empresa en manos de alguien que no es capaz de atarse los zapatos?”, decidió que la entrevista no duraría más de cinco minutos, y deseó que su antiguo director terminara pronto de dar la vuelta al mundo y decidiera volver.
Dedicado a nuestro amigo David.