Se levantó temprano y pensó que no estaba mal recibir el día ya despierto, duchado y afeitado. Escogió una camisa de hilo blanca y unos pantalones vaqueros, unos zapatos comodos y salió a la calle. Compró el periodico y se sentó en la terraza del café para desayunar, café solo con una tostada manchada en margarina y mermelada. Paseó lentamente por las páginas del periódico y luego un poco más rápido por las calles de la ciudad.

Acabó la mañana sentado en un banco del paseo marítimo mirando al mar, los últimos días de agosto se comenzaban a notar en la playa, cada vez más bañistas se convertían como por ensalmo en aburridos oficinistas. A lo lejos, en la orilla  una madre peleaba con sus hijos para que salieran del agua. Se sintió bien, después de haber pasado tanto tiempo compadeciéndose a si mismo en lo más oscuro de su habitación, sin levantar la persiana …escuchando insistentemente la misma canción…”I´m left, you are right she´s gone”, preguntándose si tenía sentido enamorarse como un loco de un mujer como Zeraphia, aunque tú se lo habías advertido o precisamente porque tú se lo habías advertido.

Ahora cada día y hoy es el primero de esos días, va a trabajar duro por olvidarla, y por eso se ha levantado temprano, y antes de ducharse ha empaquetado todas sus cosas en una caja y las ha bajado al trastero.

El pequeño paseo hasta la playa ha sido demasiado cansado para él, tanto tiempo sin ejercitar sus piernas, sintió el cosquilleo del hambre en su estómago, decidió que no le apetecía volver a casa y posiblemente no encontrara nada que pudiera sobrevivir a un examen sobre la fecha de caducidad.  Conocía bien la ciudad, aunque se consideraba a si mismo un viajero temporal en la misma.

Dos calles detrás, y cerca el Latino, su bar preferido, estaba un pequeño bar familiar, con menús decentes. Escogió macarrones con tomate y milanesa con patatas, un helado y un café. Bebió en dos sorbos una copa de cerveza. pero decidió seguir comiendo con agua mineral. Al terminar de comer miró el reloj las cuatro menos cuarto, pensó que le daba tiempo a ver una película de cine en el cine de barrio.

La última vez que fue al cine fue con ella, y ambos vieron una reposición de The pillow book, de Peter Greenaway, ahora piensa que sería capaz de volver a verla solo. Sus pensamientos se escapan hasta esa noche, después de ver la película dónde Nagiko busca amantes que escriban sobre su piel, ambos imitaron la película, ella escribió en el pecho de él “elsker dig for evigt”, y él escribió un caracter kanji, él único que sabía y que representaba el amor. Más tarde, cuando supo algo de danés supo que significaba “te querré para siempre”, ahora al recordalo sonríe y piensa que menos mal que no lo tatuó en su piel como pensaba hacer.

Al final decide ir a una librería, y curiosea, pero al final compra un moleskine, le encantan las tapas de cuero y la goma que lo cierra y sobre todo lo que le gusta es que presenta un reto, rellenar todas esas hojas. Con esa excitación propia de un escritor novel, vuelve a casa con las primeras luces de la noche, antes ha pasado por el mercado y ha comprado una lechuga, dos tomates y media docena de huevos, con un poco de aceite, una lata de atún y vinagre prepara una ensalada, luego una tortilla con dos huevos. Abre una botella de vino, un St. Joseph de Cave de Saint Desirat, luego se sienta y decide abrir el moleskine, que piensa convertir en su libro de almohada, y escribir sus pensamientos, sus vivencias. Mientras apura los últimos restos de la última copa lee lo último que ha escrito “…menos mal que no lo tatuó en su piel como pensaba hacer”, ha decidido recoger fielmente todos los momentos de este su primer día. Cuando termina, se lava los dientes, se pone el pijama y vuelve a soñar con ella.