28 Jun
Posted by: Kenzo Tomochu in: Uncategorized

Cada mañana el principe se levantaba de mal humor, y lo que más le jodía era ver en la vitrina el puto zapatito de Cenicienta. Después de cinco años casados se había dado cuenta que lo único que le unía a esa mujer, era que una vez ese zapato entró de forma perfecta en el pie de Cenicienta.
Llegó a compadecerse de las madrastra y hermanastras de Cenicienta, que ahora vivían en un piso de protección oficial de las afueras. Por supuesto Cenicienta había cortado cualquier comunicación con ellas, sin embargo el principe hablaba de tarde en tarde con ellas, y en alguna ocasión les había pasado algo de dinero para que llegaran a fin de mes, eso claro sin que ella lo supiera.
La relación había ido deteriorándose día a día y año a año hasta volverse insoportable para el principe, que ahora era incapaz de estar en la misma habitación que Cenicienta. Al principio la magia del hada madrina todavía flotaba en el ambiente, pero a la vuelta de la luna de miel, Cenicienta se reveló como una niña caprichosa y consentida, tanto que el principe comenzó a pensar que realmente las historias que le contaba de su familia estaban demasiado exageradas, le costaba pensar como aquella mujer que ahora le daba igual que el fregadero estuviera lleno de platos sin fregar, o que no le importara dejar la ropa tirada por la casa, fuera esa chiquilla hacendosa y sobre todo no podía imaginar como esa anciana tan simpática y sus dos hijas encantadoras la podían haber subyugado durante tanto tiempo.
Obviamente, decidieron contratar a una asistenta que pusiera un poco de orden en el palacio. Marita, era una chica ucraniana bastante bastante atractiva.
Esta mañana, mientras Cenicienta sigue roncando en la cama, el principe se ha levantado y sin que Marita se diera cuenta, la ha pillado probándose el zapato de la vitrina, y le encaja como una guante. El principe piensa si no será una señal mientrás echa un último vistazo al culo de Marita.
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