03 Jun
Posted by: Kenzo Tomochu in: Uncategorized

Maruja Pérez, se dispuso a morir por segunda vez en su vida. La primera vez fue en 1937, una noche del mes de marzo, sobre las dos de la madrugada.
Se empezaron a oír golpes en la puerta cancela de la tienda, la familia Perez dormía encima de la tienda, Fernando el hermano mayor y su mujer Amelia abrieron la puerta de su habitación, y con un gesto le pidieron silencio, era obvio que venian a buscarla a ella, su marido Ernesto, estaba embarcado en el “Almirante Cervera”, el barco que se había amotinado en contra de la República al principio de la guerra.
De improviso, los milicianos tiraron la puerta abajo y subieron por las escaleras, a empellones tiraron a Fernando y Amelia, agarraron a Maruja sin darle tiempo a escapar, y la arrastraron hasta la plaza del pueblo, mientras la insultaban llamándola traidora, facha, puta y otras lindezas similares. Las otras mujeres de los marineros amotinados se abrazaban, frente al ayuntamiento, Maruja sin más ropa que un camisón, lloraba hipando. Xan, las colocó con la espalda pegada a la fría pared encalada, los milicianos se colocaron frente a ellas a unos seis o siete metros.
Maruja veía la cara enfrente de un chiquillo de no más de diecisiete años, Antón “O coxo”, con tanto miedo como ella, sujetaba con dificultad la escopeta de postas, sus ojos denotaban el miedo. Maruja, pensó en Ernesto y en que no le vería más, agarrándose al pequeño crucifijo, comenzó a rezar por él, antes de terminar el padrenuestro, oyó dos tiros, Xan había disparado a Juana, la mujer de Ramiro, Juana se desplomó sin ruido, una sangre negra, comenzó a empapar el suelo de la plaza. Los otros cuatro que acompañaban a Antón y a Xan descargarón sus armas sobres las indefensas mujeres, Antón siguió mirando a Maruja sin decidirse a apretar el gatillo. La sangre manchaba los pies de Maruja, que seguía fija en los ojos de Antón.
“Los fachas, los fachas vienen para aquí” gritó uno de los milicianos, “Al monte, corred al monte” gritó Xan, Maruja, vió sonreir a Antón mientras intentaba seguir el ritmo de huida con su pierna mala.
No se movió de la pared durante un tiempo que ha ella le pareció una eternidad, pero que no fue más que un minuto, la recogió su hermano Fernando y la arropó con una manta vieja. Al intentar cerrar los ojos, los disparos secos y la cara de Antón aparecían en sus pensamientos.
Al día siguiente aparecieron colgados en la plaza, Xan, Antón y siete milicianos más.
Casi 50 años más tarde, Maruja agonizaba en una cama de hospital con un cáncer que la corroía por dentro, deseaba que el dolor terminara de una vez, “Deus mio, llevame con el meu home” musitaba entre sollozos, cerraba los ojos y la imagen de su difunto marido, nueve años ya sin él, se mezclaba con los ojos de Antón, mirándola y a punto de disparar su escopeta. Algunas noches antes de morir, ya entre delirios, Maruja repetía la historia de Antón y la mezclaba con historias de su marido y de su único hijo. Lupita, por aquel entonces todavía tenía una vida más o menos normal trabajando de enfermera en el hospital de Vigo, la escuchó contar la historia de la noche, mientras le cambiaba las ropas de cama. Maruja vió los mismos ojos de Antón en los ojos de Lupita, y quitandose el pequeño crucifijo, y con un susurro lo depositó entre las manos de Lupita, “Guardalo sempre, e che axude na túa vida”.
Tres días más tarde, Maruja moría y tuvieron que pasar más de trece años, para escuchar esta historia de los labios de Lupita, en un bar de La Coruña, me enseñó el pequeño crucifijo que colgaba de su pecho, ese crucifijo que yo había visto tantas veces colgado del cuello de Maruja Pérez, mi abuela.
Nunca había escuchado esa historia de como mi abuela se había enfrentado a la muerte dos veces, gracias a Antón “o coxo”, yo hoy estaba vivo,…gracias a la desconocida que quería ser encontrada de repente, pude conocer a Lupita,… y gracias a no haberme levantado de la mesa pude conocer un poco más a mi abuela.
Me levanté dos horas más tarde y acompañé a Lupita a su pensión, le pagué la habitación por un mes más y dejé un poco de dinero más suficiente para comer caliente otra semana.
Amanecía en la playa de Orzán, y yo me senté al lado de una hoguera que se iba extinguiendo poco a poco, y mientras veía amanecer intenté ordenar un poco mis pensamientos.
(El cuadro es de Mario Granell y se llama vivencias de una guerra civil)
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