Impenitente, inasequible al desaliento, fuerte de mirada recia, sin doblez, altivo y calmado…sonrío y me dejo llevar por esa imagen de duro de película. Acabó de entrar en lo que posiblemente sea la penúltima estupidez en una vida plagada de estupideces. Dicen que de los errores se aprende, yo aprendo a volver a cometerlos casí sin fallos, el error perfecto.

Las escaleras del Caracol Beach no es que inciten al misterio, es más incitan al pánico, paredes descascarilladas, viejas fotos de conciertos en sepia, fotos de gente que antaño poblaba este bar, y una barandilla en la que el barniz huye cada día, mostrando una madera vieja y cansada. Cada peldaño es un acto de fe, al mitad de la escalera la música se adivina un poco más clara. Una rumba y las palmas de acompañamiento de un público que o no es muy numeroso o no es muy entusiasta.

De acuerdo al programa de la puerta, sí se le puede hacer caso a un trozo de papel mojado por la lluvia, hoy actúa, canta o perpetra “Juantón el equilibrista”, por única noche en el Caracol Beach.

Al correr el pesado cortinón que separa el mundo real, del universo que ahora aparece ante mis ojos, pienso correr, escaleras arriba y no perder más tiempo, pero la verdad es que la atmosfera invita a probar…una rápida visual, y sin contar con los dedos, creo que no hay más de cuarenta personas, no más de diez mujeres, nueve acompañadas, o sea que la que está sola es mi cita. Sí, ese es el motivo, pero deja que te lo cuente un poco más tarde, o te perderás la descripción del local. ¿Dónde estaba? imagina unas paredes con restos de humedad, mal tapada por posters de grupos que nunca pisaron el Caracol, un barra en el lado izquierdo, con una camarera, que ha perdido su juventud, dentro de estas paredes, unas seis mesas, al fondo un pequeño altillo, y encima el que se supone Juantón, que debe tener su apellido por los equilibrios que tiene que hacer para no caerse en esa rídicula tarima que llaman escenario.

Ella ya ha clavado los ojos en mi, sabe que soy yo, nadie más sería capaz de entrar sólo en este local, bueno quizás ella hace un rato, sí es que ha venido sola, imagino que la acompaña algún amigo, por si ella sospecha que soy un psicópata, miro hacía la barra e intento encontrar alguien que me esté sometiendo a examen, a nadie le parezco importar, creo que Juantón está consiguiendo entretener de verdad a su público.

Han pasado no más de 3 ó 4 segundos desde que corrí el cortinón y ella me ha visto, pero ha mi me ha parecido una eternidad, ahora camino lento hacía la mesa que está ocupando ella, Carmen me ha dicho, mejor me ha escrito, que se llamaba.

En el camino, miro otra vez, intentando encontrar alguien conocido, una escapatoria, siempre podría pasar de largo y encaminarme a otra mesa, o a la barra, y abrazarme a algún desconocido.

Ella está sonriendo, es más, me está sonriendo, ahora esa mujer de una edad indefinida, que se hace llamar Carmen, hace gestos, que me siente a su lado, que sabe que soy yo.

Una camiseta gastada, uñas que han pasado por diferentes colores y hoy muestran un rojo que compite con el del pintalabios, pantalones de cuero negro, es como sí para esta cita hubiera recuperado, su atuendo de los años 80, cuando Carmen seguro era la reina de este bar, y de cualquier bar de La Coruña.

Sí ahora, puede rebobinar un poco, casí cinco horas atrás y me veo en el hotel de La Coruña, hoy por fin mi trabajo se ha acabado pronto, y aburrido como estaba, conecto mi portatil a internet. Creo que entré en una página llamada mujeres de la Coruña, y entre los anuncios uno que me llamó la atención “Mujer, busca que la descubran de repente”, evidentemente le mandé un email a la dirección que aparecía. Diez minutos más tarde en mi dirección entra un correo, Carmen que así se llama, me cita en el Caracol Beach, y la tendré que descubrir.

Ahora, no es tiempo para arrepentirse, estoy a menos de un metro de la mesa,  y Carmen hace gestos exagerados de saludo, moviendo un botellín de cerveza. Tan cerca como estoy, descubro los estragos que la edad han hecho en Carmen, y pienso por sus ojos perdidos que no solo es la edad, parece que está acostumbrada a todo tipo de vicios.

Me acerco a su cara y la saludo “¿Carmen?”, una crema facial pringosa besa mis mejillas, creo que ella ni siquiera ha notado mi barba en su cara. “Claro, principe, llamame como quieras”.

La conversación es inexistente, a cada pregunta mía, sus respuesta se vuelven cada vez más incoherentes, a los diez minutos, la musica del cantante me parece hasta buena, mi conversación con Carmen se reduce a monosilabos por mi parte, y frases incompletas por la suya, miro la barra y pienso que al menos sí pido una copa podré escapar de esta situación al menos momentaneamente. La pregunto sí quiere algo, sus ojos ausentes, miran el botellín como pidiendo otro.

Al llegar a la barra, la camarera me mira con cierto desdén mientras le pido un bourbon-cola y un botellín, al traerlos pegado a mi copa un papel blanco, con algo escrito.

“Bien hecho desconocido, otro se hubiera escapado al ver a Lupita, eso te ha hecho sumar algún punto. Para otra ocasión, piensa que la mujer que quiere ser descubierta de repente, no necesariamente está sola, puede estar aburridamente acompañada. Ya nos veremos, Carmen”

Al terminarlo, miro alrededor mío, buscando complicidad, buscando a esa que quiere ser descubierta, pero la camarera, señala la escalera, y musita “se han ido, hace un minuto” y añade “Cuida bien de Lupita, hace más de cinco años que nadie se sienta a charlar a su lado”.

Vuelvo a la mesa, y miro a Lupita con otros ojos, y me dispongo a hacer que esta noche, al menos mientras el Caracol Beach siga abierto, Lupita no se sienta sola.