
Claudia conseguió alcanzar a Otto, su precioso schnauzer de cuatro años, suspiró tranquila. La corta carrera la había dejado sin respiración pero el encontrar a ese hombre en el banco la había trastornado mucho más.
Sujetó a Otto con la correa, y se volvió a mirar hacia atrás, aquel banco dónde hacía unos minutos habia estado sentada quedaba lejos, casi no se veía al hombre que le había acariciado las manos al pasarle el libro.
El sólo recordar el tacto de las manos del hombre le hizo latir más fuerte el corazón y durante algún breve instante pensó en volver, deseó volver, hacía demasiado tiempo que no sentía esa emoción, esa por así llamarlo excitación juvenil, esa sensación de tener más de un millón de mariposas en el estomago.
Pero no era posible, la cara de Arturo apareció y su nombre apareció en sus labios con una oración dicha entre dientes, como un exhorcicio. Seis años casados, cuatro de novios, dos casas-una en la playa- y un perro. Era capaz de resumir su relación con él en esa pequeña sucesión numérica. Ni siquiera recordaba la última que había sido féliz, y ahora sólo porque le había tocado la mano, su cuerpo era una caja de emociones y su cabeza y sus pensamientos iban y venían.
Otto conocía perfectamente el camino a casa desde el parque, e iba tirando rápidamente, como molesto por la reacción de su dueña. Sí era su dueña aunque Otto no la considerara así, alguna vez ella había sido capaz de entrar en esa relación Otto-Arturo pero en la pequeña cabeza de Otto, ella no era más que un mero sustitutivo de Arturo. Y ahora él se estaba comportado como el amigo fiel de su amo, llevandola de vuelta casa, como haría con una oveja perdida, empleando el instinto de mil generaciones imbuido en sus genes.
Pero ahora que había vuelto a sentir, no estaba dispuesta a esconder, olvidar ese sentimiento, deseaba recuperar el tiempo perdido, hablar con Arturo, decir adiós a la rutina, volver a la emoción de sus primeros años de casados, a los planes locos, a las escapadas a la playa, a no tener dinero a fin de mes. ¡Vivir! y vivir con mayusculas, de repente se dió cuenta que todo lo que les había convertido en unos pequeños burgueses les había comido las ansias de vivir, ahora se conformaban con tan poco…
Esta noche hablaría con Arturo y le rogaría, le pediría, le exigirá que vuelvan a la emoción, al amor, a las mariposas y a la incertidumbre del amor, y espera que él sea capaz de entender lo que le quiere decir

Dos días hace que he puesto un anuncio en el periódico, dos días que espero que la que voy a conocer de repente haya leído mi mensaje.
Me levanté temprano para ser sábado, mi problema-obviamente tengo más, pero no relacionados con el sueño-es que soy incapaz de dormir en el momento que un rayo de luz se cuela por la ventana, a veces me sorprendo de como podía dormir en Copenhagen sin cortinas ni persianas.
Al pensar en ello, recuerdo otra vez Copenhagen y mi ex, lo más extraño es la sensación de ajeneidad que tengo de esa época, ahora cuando la recuerdo es como sí fuera una tercera persona la que hubiera vivido aquella vida.
A veces pienso que es mejor tener anestesiados los recuerdos, pero en algún momento, éstos se revelan y salen a flote, con un olor, con un sabor, con un roce de piel, y de repente vuelves en el tunel de tiempo a cuando pensabas que todo funcionaba en tu vida, cuando todo parecía al menos normal.
Pero ayer, cuando me levanté temprano no pensaba en tiempos pasados, me acosté oyendo una frase en la televisión, creo que en una película, un linotipista miraba serio a Nicole Kidman (caracterizada como Virginia Wolf) y le espetaba “Sí yo pudiera pasear, sería feliz”…pasear, andar despacio, deambulear, no tener objetivo en tu caminar, poder mirar las cosas y las personas, el sol en la cara, acariciándome. Yo también pienso que si pudiera pasear sería feliz. Pero a diferencia de gruñon y cascarrabias, yo si puedo, sólo tengo que ponerme unos pantalones y una camiseta, atarme las zapatillas y bajar los peldaños de dos en dos con un viejo libro en la mano.
Y eso fue lo que hice ayer, paseé y en cada mirada creí encontrar a que conoceré de repente. Me encanta la primavera, sobre todo cuando como ayer, tengo tiempo para sentarme en un banco y leer. Encontré un banco al final de un paseo dentro del parque que hay al lado de mi casa.
Compré un sandwich y un refresco, el banco era como mi pequeño barco y yo era “the man on the bridge”, el capitán en el puente de mando, como cuando tenía 6 años y jugaba con mis hermanas a los piratas.
No sé cuanto tiempo pasó pero creo que me debí dormir al sol un rato. Al despertar, ella estaba sentada a mi lado en el banco y un perro, que parecía suyo, jugaba a unos metros de distancia.
La miré con sorpresa somnolienta, morena, vestido de flores, sandalias, ojos negros, pelo largo y recogido en una coleta, y sonrisa enorme. “Espero que no te importe, no te quise preguntar si molestaba, porque estabas dormido”, “ningún problema” repusé intentado la mejor de mis simpatías. Ella miró mi libro, ” Te importa si le echo un vistazo, he estado a punto de comprarlo varias veces”, al acercarselo nuestras manos se rozaron, primero imperceptiblemente y luego a proposito, permanecimos unos segundos así, y de repente su perro salió corriendo, ella se levantó de un salto, “Perdona, Otto…Otto, espera”…la ví desaparecer, corriendo con su vestido de flores, marcando una estela, yo desde mi banco-barco, viéndola perderse, como la isla en la que el pirata enterró su tesoro y a la que nunca volverá, pero siempre hablará de ella y su tesoro enterrado, entre vasos y vasos de ron.
Esperé una, dos, o quizás tres horas, empezó a llover, el parque se vació, yo seguí en mi banco, pero cuando me dí cuenta que no iba a volver, me levanté y al peinarme mi pelo mojado, me olí las manos, su perfume estaba en mis manos.
En el camino de vuelta a casa, volvi a olerme las manos y pensar en ella, seguro que cualquier jurado la habría categorizado dentro de “mujeres conocidas de repente”.
Al llegar a casa, me quite la ropa empapada, aspiré por última vez mis manos, y las metí debajo del grifo, y mientras me restregaba el jabón, un lamento con sonrisa de medio lado salió de mi boca “Otto, cabrón”.
El linotipista tenía razón, pasear me hace feliz.