“Manuel, hijo, el tango nace del deseo”, le repite todas las noches su madre como un reproche todas las noche cuando él bajaba al arrabal.

“El tango es la mejor manera de conocer a una mujer, tal y como baila, así hará el amor”, repetía el “cumparsita”. El “cumparsita” era su mejor amigo, no sabía muy bien lo que unía a ambos, pero desde que recordaba “el cumparsita” estaba presente en su vida. El nombre del “cumparsita” era Héctor, pero todo el mundo le llamaba así porque su abuelo pleiteó con el Dr. Martos por la autoría de la letra del célebre tango del mismo nombre. Héctor tenía una edad indefinida entre los 50 y los 60 y un montón de historias, y siempre era capaz de sacar una historia apropiada al momento.

Manuel, sin embargo no tenía historias, sólo se había enamorado una vez y si bajaba al Sefiní a bailar era para recordarla. Cuatro años habían pasado y todavía no era capaz de olvidarla. “¿Qué chaval otra vez pensando en la princesa rusa?” le inquirió el cumparsita. Manuel miró al horizonte como toda respuesta, mientras apuraba la botella que le acercaba Héctor.

La princesa rusa, apareció de repente, un día se presentó en el Sefiní, y se acercó a Manuel con un sencillo ruego “Necesito una pareja de tango, ¿quieres ser tú?

Julia, que así se llamaba y Manuel se convirtieron en la mejor pareja y incluso una noche a los tres meses de llegar Julia,  bajó a verles el célebre Astolfi, el más reputado bandoneista de todo Buenos Aires, y al verles bailar no pudo más que comentar “La reputa, que química”, mientras comenzaba tocar el bandoneón.

Esa noche Julia estaba más guapa que nunca y Manuel la llevaba como si fuera una ilusión, una figura eterea, un sueño…esa noche al terminar, Julia le pidió que la llevara a casa. Manuel apretó los puños con ganas, la deseaba desde que el primer momento, desde el primer cruce de miradas, bajarón más de cuatro cuadras y se encontraron fuera del barrio, ella llamó un taxi y le pidió ir al hotel Emperador.

Manuel no salía de su asombro cuando entraron en la habitación, y vió todos las pertenencias de Julia perfectamente alineadas y preparadas para salir en cualquier momento.

“¿Te marchas?” preguntó él con un hilo de voz, “Sí mañana, por la mañana sale mi avión hacía Madrid” “¿Y lo nuestro?”"Manuel, no hay nada, recuerda que yo te dije que solo necesitaba una pareja de baile”, él se sentó en la cama y hundío su cabeza entre las manos…ella comenzó a acariciarle el pelo, mientras le besaba, primero suave y despacio, luego como una hembra sedienta de amor, a los diez minutos estaban encamados, si alguien hubiera visto la escena, hubiera exclamado como el gran Astolfi “La reputa, y la recontraputa que química”.

 A la mañana siguiente Manuel, regresó al barrio, con la americana en el hombro, Julia estaba ya volando hacia su escala madrileña…se paró en el banco dónde ahora estaba sentado con Héctor y grabó una J…

Le devolvió la botella al cumparsita, mientras acariciaba la letra J, casí imperceptible, volvió a recordarla, a lo lejos comenzó a oir el ritmo de un bandoneón, cerró los ojos y en sus pensamientos se fundió en un baile eterno con ella…