Lloramos juntos, por primera vez desde que nos conocimos, lloramos por las cosas que ahora sabíamos. Recogí los platos y lo llevé hasta el fregadero pero en vez de abrir el grifo me quedé mirando por la ventana. Desde el salón se continuaban oyendo los hipidos nerviosos de Lara, perdí la vista en el horizonte y me quedé pensando con el rostro crispado por el dolor, salí dando un portazo y avancé rápido por la calle, el frío de Copenhague me cortaba la respiración pero en aquel momento me daba igual…aunque volví a casa a las dos horas, creo que en cierta forma nunca volví y creo que esa noche murió una parte importante de mi. 


“Quiero que puedas verme la cara mientras te cuento esto”, me dijo Lara mientras se levantaba y encendía la luz eléctrica. Las velas parecieron en ese momento, un par de hijas huérfanas de las bombillas de la lámpara. Los restos de la cena se esparcían en la mesa, como los restos de nuestra relación se esparcirían después de esa conversación.  Más tarde las dos o tres veces que hablamos de lo que ocurrió, Lara me dijo que al menos me había evitado el dolor de tener ese conocimiento, ahora estaba preparado, pero no aquella noche. Mientras ella comenzó a hablar mi corazón comenzó a latir descompasadamente, empleó y escogió lentamente las mejores palabras, con gentileza me habló de algo no buscado y de la necesidad de resolver un problema.  Ella fue una tarde al hospital y volvió a casa a la mañana siguiente. Cuando fue, iba con nuestro hijo que sólo conoció la vida en el interior de ella y al regreso del hospital solo volvió ella. El se quedó allí.  Nos quedamos en silencio tocándonos nos brazos, sin hablar, hasta que comencé a tener frío, ella se frotaba nerviosamente la mano y me susurró al oído “abrázame por favor”, me levanté y me serví una copa de vino. Me senté otra vez y la abracé mecánicamente…entonces lloramos juntos, por primera vez desde que nos conocimos.