Te veo en cada mujer, cada beso que he dado, mendigado, robado, era pensando en ti…era a ti a quien besaba, era tu cuerpo el que tocaba, era contigo con quien me acostaba, y ahora delante de mis propias infidelidades tengo que decirte que me acuso de haber sido infiel, pero en el fondo he sido infiel contigo, contigo o contra ti
Volvió a casa, saludó a su mujer con un beso en la mejilla y se sentó en el sofá después de quitarse la corbata, chaqueta y zapatos. Leyó el periódico de ayer, por pereza a las noticias de hoy.
Encendió la televisión y se tumbó a lo largo en el sofá y después se sumió en un profundo sopor.
Despertó después de varias horas, era tarde, después de acostumbrar sus ojos a la oscuridad, miró el reloj y las manillas fluorescentes se informaron que eran más de las tres de la mañana. Encendió la luz, y se sorprendió por el mobiliario, nada le resultaba mínimamente familiar, salió de la estancia, y se encontró enfrente de una casa totalmente diferente, la decoración, el tamaño…
Gritó asustando llamando a su mujer, pero sólo salió un niño pequeño y somnoliento de detrás de las puerta y preguntó ¿Qué le da miedo señor?
El miedo le paralizó cuando reparó en la cuenca vacía de los ojos del niño y su triste sonrisa. Sonrisa hueca, intentó mirar al niño de frente, y con todo el cuerpo encogido por el terror, preguntó ¿Dónde estoy?…
El niño, pausadamente respondió Que más da dónde se encuentra, señor, aunque ahora le dijera que está en un lugar seguro, no cambiaría su miedo…vuelva a dormir, sientese en el sofá…
Despertó otra vez, y estaba en su casa otra vez, se encaminó a la cama, su mujer se encontraba sumida en un profundo sueño, pensó que era una tontería despertarla por una pesadilla extraña…
Estaba ahora en un lugar seguro…la voz del niño retumbaba en sus oidos…
Todavia la quería, pensó, mientras las manos suaves de ella se confundían con las ásperas de él. No escribió más, no quería que nada estropeara este momento sutil, efimero, sin dudar más se concentró en ella, en sus manos y alejó cualquier otro pensamiento de su mente.
Un día de improviso ellos dos se reencuentran, se miran a los ojos y se dan cuenta que el amor que un día sintieron todavía está escondido en el interior de ambos. Pueden pasar más de mil años, dos divorcios y cuatro trenes, pero ellos volverán un día a ser pareja.
Ambos se quieren, se necesitan y los dos lo saben, ya ni siquiera recuerdan porqué terminaron su relación, pero hoy y ha sido gracias al azar, se volvieron a encontrar, y sólo durante dos segundos dudaron de su amor.
Rompen amarras, diques, antiguas parejas, nuevos matrimonios y los dos se marchan por un camino que lleva a ninguna parte, o quizás solo a su felicidad.
Hoy no ha sido un gran día, mascullas a quien te quiere oír, pero mañana esperas que esa mujer te diga que te ama. Esperas que mañana el día sea más hermoso que hoy, estiras el cielo y dibujas nubes de colores, pintas un sol sonriente para ella, para que cuando se levante todo le recuerde a ti…
Ahora es oscuro, hace frío, pero hoy no te da miedo la oscuridad, sobre todo cuando puedes mirar de reojo como las agujas del reloj avanzan hacia mañana, mañana, uff, cuando será mañana se convertirá en hoy. De momento sólo te queda esperar…
Es irónico pensar, que el dos de octubre, el día de tu cumpleaños, se decida en tu ciudad, el futuro olímpico de Madrid, ahora mi ciudad.
Como si fuera el libro de Dickens, historia de dos ciudades, en nuestro pasado se entremezclaron Copenhagen y Madrid en demasiadas ocasiones.
Hace casi tres años que nuestro futuro nos pertenece a cada uno de nosotros, y no tiene sentido volver a pensar en plural. Aunque reconozco que muchos días todavía me acuerdo de ti, siempre aparece un recuerdo escondido que me trae tu imagen, tu sonrisa o tus palabras, a mi memoria.
Pero creo que he aprendido a vivir sin ti, y eso que en ocasiones pensé, después de nuestra ruptura que lo había perdido todo. Fue un aprendizaje largo, fue duro, muy duro, en momentos pensé suplicar, implorar a los dioses que nos castigaron a vivir en dos ciudades tan distantes, una tregua, un país neutral, un armisticio.
Nada cambiará entre tú y yo, pero si puede que este día, el de tu cumpleaños, estas dos ciudades, que en mi cabeza se odían, se separan y se martirizan , firmen la paz durarera, ojalá que Madrid se convierta en olímpica y en mi mente se cierre para siempre esa tonta herida.
Me haría mucha ilusión.
Ambos se miran a los ojos, y descubren que el amor que sintieron, quizás hace mil años o quizás ayer, ha desaparecido.
La indiferencia invade sus sentimientos, han sido capaces de estar más de una semana sin hablarse, y ahora mismo se han encontrado por casualidad, en mitad de la calle.
Irónico, que se esquiven en un pequeño piso de menos de ochenta metros cuadrados y sean capaces de encontrarse en la avenida principal en plena hora punta.
La tensión del momento se nota porque ambos van acompañados por sendas personas del sexo contrario, a ninguno les extraña, y que no les extrañe, les incomoda.
Los dos convidados de piedra, no entienden que está pasando, el encuentro apenas se extiende por unos segundos, pero suficiente para encontrarse en esa mirada.
Ambos se amaban, ahora ni siquiera tienen ganas de terminar su relación
El hombre entra por segunda vez esta semana en el cine, siendo sincero no sabe muy bien que película va a ver, sólo ha entrado porque la crítica ha denominado la película como una pequeña obra maestra del cine romántico.
Su verdadero objetivo es llegar un día a tener una cita con la taquillera. En los dos años que lleva ella trabajando en el cine, él habrá pasado por delante de su taquilla más de cien veces. Al principio ambos no intercambiaban más que las simples frases al uso, pero con el tiempo, comenzaron a charlar sobre la película que él iba a ver y sobre el tiempo, más adelante incluso bromeaban cada vez que se veían.
El espera que ella se haya hecho una composición de lugar en función de las películas que él va a ver. Pero en esto él hace una pequeña trampa, como hoy mismo, desde hace un tiempo escoge las películas que cree que a ella le gustarán, de hecho hoy hubiera visto una película de acción.
Ella lleva dos años trabajando en este cine, para su minusvalia es un trabajo cómodo, poder estar sentada cuando tienes una pierna inútil es casi una bendición de Dios.
Al principio, no se había fijado en el hombre que siempre le pedía a ella la entrada, en vez de utilizar las impersonales máquinas automáticas, pero de un tiempo a esta parte, ya sabe que se llama Fernando.
Ha descubierto que espera todas las tardes su llegada, no sabe si se puede llamar amor, pero se le acelera el corazón cuando le ve. no sabe si él conoce su problema, y si es así si le importa. Le encantaría tener un día una cita con él, aunque fuera en su cine, los dos sentados frente un cubo de palomitas, viendo esas películas que le encantan a él.
El hombre espera sentado en el banco lo que es la última oportunidad de su vida. Traje de domingo, clavel en la solapa, peinado con gomina y zapatos con lustre de betún.
En estos tiempos, un galán de los de antaño no se estila, pero a él a sus más de setenta años poco le importa, ser un concepto demodé.
Mira de soslayo el ramo de margaritas que le quiere regalar, lucen esplendidas bajo el celofán. Faltan más de cuatro horas para que doña Carmen, la viuda del tercero, baje a pasear por el parque con su nieta, pero que son cuatro horas de espera cuando has esperado más de cuarenta años.
Terminas de escribir la carta explicando tus sentimientos, irónico en los tiempos del email, escribir una carta de amor. Ni siquiera sabes cuanto cuesta ahora franquear una carta, cuando mandaste tu última carta todavía el euro no era más que una quimera. Por suerte para ti, todavía hay gente que fuma y eso te permite tener un estanco a lado de tu casa, aunque el estanquero te mira como un marciano al pedirle un par de sellos.
Buscas un buzón, y recorres más de cuatro manzanas hasta descubrir una silueta amarilla en la lejanía. Cuando te acercas el vértigo te marea, la boca se te seca y hubiera preferido poder releer ahora mismo, por última vez la carta.
La duda te corroe, ¿Te contestara ella? Y si es así, ¿Lo hara por carta? Esperas que sí y anticipas el placer de rasgar el sobre e imaginas la sensación del tacto del papel arañado por la fina caligrafia de ella. En tu imaginario no cabe la decepción de una negativa, optimismo natural.
Epitafio: Dos meses más tarde tú mismo sobre regresa a tus manos, arrugado, manchado y estigmatizado por un sello “Destinatario desconocido”. Vuelves a escribir tus sentimientos en un corto email, con la desagradable sensación de haber perdido dos meses.
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