Cosas que hago cuando no hago nada….

Sentado, esperando a una reina sin trono…a una hada madrina que no reparte ningún regalo, me das pistas para que me una a una causa inútil…La vida a tu lado tiene peligrosidad, pero según dice Zenet los malos van al cielo….

Noche cerrada y la puerta entornada, esperando,deseando besos a raudales, besos que valen, que hacen soñar, que comparten aliento, ¿ Y si no aparece?, sino no da señales de vida, reclama el contramaestre, dadlo por desaparecido. Dadlo por ahogado! ¿ Dar por perdido al mejor nadador?pregunta alguien cuyas palabras no encuentran eco….

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Año nuevo

Otro año que comienza, desnudo, en una crisis voraz que nos destroza, nos hunde en miserias no pensadas, pero sin embargo hoy hace sol, es un comienzo de año primaveral, en algunas ocasiones las mejores travesías son aquellas que inician sin expectativas, espero que este año bisiesto sea alegre, afable y amable.

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Volví a escribir…

Volví a escribir durante algún tiempo, antes de eso los días pasaban dentro de la compleja ecuación de sentimientos en la que se había convertido mi vida.

Me dejaba escapar, me dejaba extinguir, con miedo, miedo de ti, miedo de tu enfermedad, miedo de no recuperar este tiempo que perdíamos  a manos llenas.

Las lágrimas brotaban dentro de mí y se secaban antes de encontrar un resquicio, una rendija que las dejara aflorar.  Vida sin sentido junto a la mujer a la que más amaba, y posiblemente más amaría.

Ahora miro mis manos y las veo viejas y cansadas, la mala circulación y una artritis hereditaria las hacían más vulnerables. No quiero recordarte acariciándote, no con estas manos tan decrépitas. Tu cara estancó su recuerdo en mi cabeza, pero mi cuerpo, esta envoltura que cubre nostalgias, tristezas y un corazón que avanza a trompicones, envejece rápido y a marchas forzadas.

Te deseo, deseo tu recuerdo. Esta casa te añora tanto como yo, te siente tanto como yo, tan ausente.

Cinco años de tu muerte. De esa muerte de la que no puedo evitar culparme. Demasiada tristeza se desparramó en nuestras vidas, no éramos felices, pero estábamos juntos, intentando recuperar sensaciones, complicidades, melancolías y ese marchito amor que tanto nos gustaba recordar.

Tú, querida eras el norte de mi vida y lo fuiste hasta en tus peores momentos, tu depresión no te hizo perder lucidez en cuanto a lo que yo representaba.

En nuestro primer aniversario bajamos a una playa del sur, era un mes de febrero desapacible y lluvioso. Estuvimos cuatro días sin salir de la pequeña casa que habíamos alquilado, nuestros cuerpos todavía ansiaban conocerse, enroscarse, pedían a nuestras cabezas encontrarse en apasionadas y incruentas batallas a cada momento. En una pequeña caja recogí el piercing que en una de esas noches decidiste que no tenía sentido mantener. En una suerte de ceremonia iniciativa hacía una madurez recién adquirida, te quité el piercing como quién extirpa un pequeño tumor, quien extirpa los restos de juventud.

Esa noche nos prometimos amor eterno, nos recordamos  y juramos una felicidad sin cortapisas. Todavía conservo entre mis bienes más preciados ese piercing, lo recogí de la basura cuando te fuiste al baño aquella noche.

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Nubes de lluvia

(Tercer capítulo)

El sol desaparece por detrás de la casa, entre las nubes, entre unas nubes grises que anuncian lluvia para mañana y  los pálidos reflejos de luz de ese astro agónico, llegará otra vez la oscuridad a la casa y en cierta manera a mi ser.

Un día entero en esta casa da tiempo para recordar los últimos diez años de mi vida. Tiempo en balde si no soy capaz de escapar de esos recuerdos.

He dedicado el día en tareas simples, lo que me ha permitido dejar escapar mi mente, separar cuerpo y mente. Este desdoblamiento es algo que puedo realizar con relativa sencillez si el cometido de mi tarea corporal es sencillo y no requiere de una atención plena.

Volver a recordar mi vida, recordarte, es un trabajo a tiempo completo, cuidarte entonces fue duro, duro  hasta que te marchaste,  duro hasta que nuestra vida en común se acabo entre reproches mezquinos y discusiones agotadoras que nos dejaban a ambos sin aliento. Discutir con una persona que era incapaz de demostrar sus ganas de vivir es una sensación frustrante. No es menos duro recordar esos tiempos ahora.

La sopa de final de la tarde es un pequeño placer que siempre me permitía cuando vivíamos aquí. El pequeño supermercado del pueblo no disponía de apenas de las delicatesen a las que me había acostumbrado en la ciudad, pero esa sopa de sobre permanecía todavía entre el surtido escaso del super, aún con todo el tiempo que ha pasado

Una cena frugal, la sopa, una manzana y un par de copas de un saint emilion discreto que había encontrado en el estante de vinos del mundo. Carl el gerente había bautizado de esta forma a la estantería donde se mostraban un par o tres de vinos franceses, dos vinos españoles, y un vino italiano un chianti del año. Demasiado pomposo para tamaña escasez.

Sentado en el porche y mientras esperó  que alguna señal me marque el camino a seguir, me conformo con mirar como el mar se deja llevar tierra adentro lentamente hasta rozar cada roca, cada pequeño trozo de playa,  ya ha oscurecido, y me siento parte de ese mar, de esa tierra, ciudadano apátrida.

Dejo reposar los restos de la última copa entre mi paladar y mi garganta, sin dejarlo todavía morir en el estómago, esperando que todos los aromas, todos los matices de este pequeño y simple vino despierten sentidos que el volver aquí no ha conseguido.

Al final , una congoja atroz encoje mi corazón y las lágrimas aparecen sin reprimirse surcando mejillas, desbordando diques imaginarios situados a la altura de la comisura de mis labios. Lloro sin saber porqué o por saberlo.

Soy incapaz de contener esta tristeza pero no sé si quiero hacerlo.

Dentro en la casa suena tenue, suave, como tienen que sonar las grandes piezas, la rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov. La música deja volar mi imaginación, mis sentidos y vienen a mí esos momentos en lo que no  éramos más que dos enamorados que querían demostrarse cuando se querían.

Esta tarde encontré restos de tus cartas, cartas en la era de los correos electrónicos, el anacronismo nos dejaba indiferentes entonces, y ahora me ha permitido recordarte un poco, entre tu cuidada caligrafía y  tus sentimientos contenidos.  Era  hace mucho tiempo atrás.

Entre todas las cartas he encontrado alguna mía y no he podido dejar de sonreír

“En este avión que me lleva a la ciudad de los rascacielos, he visto ponerse el sol hace un rato y durante las próximas cuatro horas esta penumbra  me acompañará y en cierta forma me pertenecerá. Eso me deja cierto tiempo para recordarte en la hora del crepúsculo, aunque la hora del crepúsculo sea hoy casi perenne.

No debería dejar que nuestras vidas se volvieran a cruzar, es un pensamiento obsesivo, febril, pero sin embargo sé que seré incapaz de hacerlo cumplir.

Dejas restos, rastros, migas de pan, recuerdos, y sonrisas y yo me apuro en taparlos, esconderlos, ocultarlos, fingir que no existen, esperar que se extingan entre el paso del tiempo y la indiferencia. Pero te das cuentas, es imposible.

Ahora las turbulencias apenas me dejan escribir, pero no sé si las físicas y notorias fruto de las corrientes atmosféricas o  las que internamente me sacuden.

Dos meses y medio es el mayor tiempo que he sido capaz de estar alejado de ti desde que te conozco.  Si te deseara con pasión, como se desea a una amante, sé que te escabullirías entre las sombras de cualquier noche, en cualquier bar, y aparecerías otra vez a la mañana siguiente como si nada hubiera pasado. Una sutil negativa que te permite martirizarme mientras tu sonrisa me vuelve a acariciar.

Eres mala conmigo y eso te gusta. Pero los dos sabemos que es imposible que me escape de ti. Te veo a mi vuelta”

Hoy el día se retira, se apaga y se agota como yo.

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La siguiente mañana

Si pudiera recordarte tal como eras entonces todo sería más fácil. Ese fue mi primer pensamiento al despertar. Recordarte era más sencillo que añorarte, infinitamente  más. Saber que en cualquier momento podrías volver a aparecer por la puerta, descubrirte otra vez.

La vida es difícil, demasiado para un hombre débil como yo. No destaco en nada, en ninguna tarea, ninguna habilidad, y sin embargo tú me querías por eso, o quizás a pesar de eso.

Con los primeros acordes de cavalleria rusticana decidí incorporarme de la cama. La mañana era una mañana normal de un mes otoñal, te diría que da lo mismo que fuera octubre o noviembre para poder repetir al vacío lo mucho que entonces te quería.

Saberte lejos, tan lejos me hace definitivamente pensar en ti de otra forma, de una manera más egoísta y pensar como entraste en mi vida, en mi vida y en mi corazón y cabeza hasta hacerte imprescindible, hasta ser incapaz de dar un paso sí tú estabas a mi lado.

No es fácil haber vuelto a esta casa solo, no es fácil dejar que las paredes se desplomen sobre mí con la infinidad de recuerdos que contienen.

Camino a pies descalzos, sin importarme que el suelo esté frio, aquí en el norte las casas de verano son de un suelo de terrazo que las hace frescas y habitables en verano, pero muy desasosegadoras  cuando esta estación muere.

Sólo  traje conmigo una lata de café instantáneo, un cartón de leche y unas galletas de oferta.

Un pensamiento flojo me recorre – ves otra vez, la expresión “pensamiento flojo” es una expresión que me hiciste familiar, tú cuando te costaba decirme que lo que pasaba por mi cabeza era una solemne tontería- la cabeza, acerca las ofertas y estas galletas insípidas.

Con un café la mañana parece diferente, después de una ducha estaré dispuesto para organizar y ordenarme a mi mismo si es que estoy dispuesto a pasar aquí una temporada larga.

Son ya las once y vestido como estoy, parezco un escapado de ciudad, un pobre naufrago en una isla que no es la suya, pero no tengo otra ropa, siempre seré un ratón urbanita, el campo nunca fue lo mío

Tú tampoco eras la perfecta descripción de una campesina, pero eras mucho más capaz de vivir con cierta soltura en esta casa, lo demostrabas cada mañana, al levantarte.

De repente esto se convierte en un reto para mí. Ser capaz de resistir en esta casa, una semana, un mes, un año o toda la vida, es como una prueba con mi orgullo, es una prueba contra ti. Contra ti o en tu honor.

Las mañanas eran más solitarias que las noches a tu lado, tu despertar era malhumorado, no eras capaz de hablar hasta que hubieras terminado el desayuno.

Ahora me siento torpe, torpe en un mundo que no es el mío, sin ti y sin nuestro hijo, solo en un mundo que pertenece a otros, por el que deambulo sin saber muy bien si tiene sentido habitar en el.

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La noche del primer día.

(este es mi compromiso de escribir una historia larga, aqui dejo el primer capítulo, veremos si lo cumplo)

Empezar otra vez. Simple, sencillo. Morir otra vez no debería dolerme ya, cansado como estoy  después de tantas veces.

El olor a lavanda del jardín despierta mis sentidos, aunque no tanto como el calor que en mi piel provoca este sol otoñal en sus últimos rayos del día. La puerta entreabierta y la valla rota no parecen demostrar mi respeto por mi propia propiedad privada.

Hace cinco años, o quizás un poco más, respirar hondo no me libra de los recuerdos.  No es tiempo para llorar, debería haber llorado hace una eternidad, no se llora por los muertos que dejaste morir en la propia indiferencia. No tiene sentido.

El jardín es una selva descuidada, las plantas crecen  sin orden, desgreñadas, salvajes, mostrando su rebeldía, su rencor ante mi olvido. Sé que me costará mucho tiempo y trabajo que este desastre vuelva a ser el vergel que era cuando tú vivías aquí.

Tú, por primera vez te menciono, vuelves a mi cabeza, después de estos años jugando al escondite con tus recuerdos, ocultando tu existencia, en mi cabeza.

Ha sido suficiente que vuelva aquí para que te recuerde. Pronto anochecerá, y no sé si es buena idea  dormir aquí en la primera noche. La primera noche, ponerle un ordinal me obliga a pensar cuantas noches seré capaz de estar aquí, sin ti, sin ti pero con tus recuerdos rodeándome a cada paso que doy.

Apuro el cigarrillo en el porche, mirando más allá del jardín, de la valla, hacia la playa, el mar rompe tranquilo en el cambio de marea, mojando otra vez la arena seca. De repente siento algo parecido, soy como arena seca mojado de nuevo por la marea. Debería congelar ese pensamiento, debería dejar que mi cuerpo húmedo, empapado se rinda a la cruel evidencia, no es tan fácil empezar de nuevo. Morir vuelve a doler, cierro los ojos, apago el cigarro y lentamente entro en la casa con la única compañía de mi pequeña bolsa de viaje.

Dentro huele a humedad, a indiferencia y tiempo parado. Corro cortinas, abro ventanas, dejo entrar el aíre fresco, en la casa y en mis pulmones.  Sería capaz de recorrer cada rincón a ojos cerrados, a oscuras, solo guiándome por el tacto y los recuerdos.

El dormitorio, tu reino, incluso todavía está abierto tu último libro de cabecera, abierto en la página 18  y marcado en lápiz una frase del mismo libro “What is it about men that makes women so lonely”* ¿así te sentías? ¿Así te sentías cuando sentada en la silla del porche dejabas pasar las horas, los días dedicándote únicamente a escuchar el mar, a dejar que te acunaran los sonidos en esta parte de mundo.

Una de cada cuatro mujeres sufre una severa depresión en los doces meses siguientes al nacimiento de su primer hijo, sentenció el psiquiatra cuando le visitamos. Tan fácil como eso, eras un miembro de ese veinticinco por ciento, trivializarlo, hacerlo simple bajo el sencillo diagnóstico de depresión post parto no nos hacía menos desgraciados.

No saber qué hacer, como comportarme, como ayudarte, me hicieron empezar a alejarme de ti, tu indiferencia hacia mí se convirtió en odio, odio a la situación, incluso podría decirte que incluso  comencé a odiarte, mientras tú te encerrabas en ti misma cada día más y más.

Nuestro hijo, creció ajeno a todo, ajeno a mi odio y tu indiferente silencio. Al final del segundo año, yo era incapaz de cuidar de ambos. Tu familia y yo- debería decir que más fue tu familia, porque por aquel entonces yo me sentía incapaz de tomar ninguna decisión- decidimos que era mejor que él creciera en casa de tu hermana, con sus primos, mientras tú te recuperabas o hasta que tú te recuperaras.

Te conocí cuando acababas de cumplir 24 años, y yo tenía ya más de 30. No fue una escena de amor de esas que gustas de contar a tus amigos, fue un encuentro casual, normal, de esos que pueblan los millones de historias de amor que cada día ocurren en todas las partes del mundo. Chico conoce a chica y no siente el amor, sino la necesidad de volver a verla, para comprobar si ese sentimiento de idiota felicidad no es solo fruto de un enamoramiento pasajero.

Con los años comenzamos a idealizar como nos conocimos, delante de la gente, adornábamos los detalles, nos colocábamos como personajes de cualquier película de Woody Allen, con diálogos ocurrentes, con frases memorables, con las miradas cruzadas llenas de fuego y pasión.

Era de noche, y yo como fiel escudero de Jorge, recorría a su lado la desesperada melancolía alcohólica de un hombre separado. Noche fría de febrero,  Jorge había dejado a su mujer, o su mujer le había dejado a él después de las navidades de aquel año. Tercer o cuarto whisky en la barra de ese bar, y tú allí, con tu hermana, descubriendo la ciudad sin entrañas, con un par de vodkas en la mano. 

No sé porqué me quedé a terminar la última copa cuando Jorge ya se había marchado cuando descubrió que era tarde y estaba más borracho de lo que quería admitir. Sólo entonces cuando él se marchó te acercaste a mí. Una educada presentación, hablamos de la ciudad, tú con tu acento nórdico y extranjero, yo sumergido en tus ojos azules sin darme cuenta de la hora.

Cerré el libro, pero en un movimiento tonto, inútil, y casi desesperado marqué la página, por si alguna vez lo vuelves a leer, como si eso fuera posible.

Miré la cama, si la habitación era tu reino, la cama era una especie de trono, trono huérfano de su regia majestad. Sabía que sería incapaz de dormir esta noche,  pero no iba a postergar más días esta primera noche.

En la alacena del salón todavía quedaba restos de botellas de alcohol, cogí la botella más añeja que encontré, un escocés de veinte años, y mientras me tumbaba desnudo en la cama anestesiaba los recuerdos en whisky.

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Más libros

Queridos amigos, en la librería de bubok (http://espumosos.bubok.com) podéis encontrar los pequeños relatos aquí escritos convertidos en libros, desde la semana pasada hay uno más, titulado “En este mismo instante”. Gracias por vuestro tiempo y ánimos.

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